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Por Flavio Crezcensi

No se habla o se escribe en la actualidad como hace tres siglos. Esto, desde luego, no es un fenómeno preocupante, ya que el lenguaje, como todo organismo vivo, se halla en constante evolución. Tal evolución, sin embargo, es lo suficientemente lenta como para que los usuarios tomen conciencia de ella.

La lengua se alimenta y retroalimenta continuamente, creando modos, giros, términos, etc., de los cuales permanecen los que son útiles a la comunidad para su intercomunicación. Entretanto, mezclados acaso con el buen decir y la correcta expresión escrita, surgirán formas que los puristas se encargarán de demostrar que no tienen derecho a la existencia, pero el hecho de que persistan o desaparezcan del caudal del idioma no depende de tales puristas, sino de los usuarios del lenguaje, verdaderos artífices del idioma.

Las causas de los cambios lingüísticos siempre estarán dadas por las necesidades de la comunicación, que a su vez están subordinadas a la evolución de la estructura social de la comunidad hablante. Sin embargo, la intensidad con que estas causas afectan a cada uno de los niveles de la lengua es variable. El léxico es siempre el inmediatamente afectado; luego, la gramática; y por último, la fonología. Y es natural que así sea, puesto que, de los tres componentes de la lengua, el léxico es el que más directamente refleja las realidades extralingüísticas.

Uno de los factores que ha intervenido desde siempre en los cambios lingüísticos es el préstamo. En una época como la actual, en la que las invenciones tecnológicas y los descubrimientos científicos se producen cada día en zonas idiomáticas muy distintas a la nuestra (por lo general, en países de habla inglesa) y en cantidades difíciles de procesar para el promedio de los hablantes, es casi improbable darles nombre en la propia lengua. ¿Qué se debe hacer entonces? Lo corriente es recurrir al préstamo. Sin embargo, incluso en esos casos, la Academia tarda en dar con los neologismos adecuados. Como consecuencia, regularmente ingresan en el caudal léxico de los pueblos de habla hispana una serie de términos extranjeros que poco a poco adquieren carta de naturaleza y que después cuesta mucho reemplazar.

Para ilustrar mejor lo dicho anteriormente, apelaremos al caso de las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación). Nos guste o no, una parte importante de la comunicación escrita está migrando hoy de modo acelerado hacia entornos digitales o electrónicos. Por consiguiente, los usuarios de la lengua se han visto obligados a renovar sus estrategias de lectoescritura y a aceptar los distintos cambios lingüísticos que los nuevos medios han ocasionado. En suma, así como el mundo 2.0 ha modificado nuestra relación con la lectura y la escritura, también ha transformado nuestra relación con el idioma.

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