Desde sus primeros minutos queda claro que el objetivo principal no es profundizar en los personajes ni revisar críticamente el universo editorial y aspiracional que hizo famosa a la original. Lo que realmente busca esta nueva versión es activar memoria cultural. Meme. Nostalgia reciclable. Fragmentos listos para TikTok.
Y quizás ahí aparece el primer gran problema.
La película no parece construida como cine, sino como una sucesión de momentos diseñados para retener atención. Las escenas duran segundos. Los diálogos rara vez respiran. Todo avanza con la lógica ansiosa de alguien haciendo scroll infinito sobre una misma historia. Más que una narrativa cinematográfica, por momentos se siente como consumir reels consecutivos con vestuario de lujo.
Resulta especialmente llamativo cómo el personaje de Miranda Priestly perdió aquello que originalmente la volvía fascinante: el poder frío y ambiguo. La Miranda de la película original funcionaba porque nunca terminábamos de descifrarla completamente. Era intimidante, brillante y cruel sin necesidad de pedir empatía. Aquí, en cambio, el guion parece obsesionado con suavizarla, transformándola por momentos en una especie de hada madrina picaresca con frases filosas pero emocionalmente domesticadas.
La película parece olvidar algo fundamental: Miranda era interesante justamente porque no necesitaba redención constante.
El caso de Andy Sachs resulta todavía más extraño. Mientras avanzaba la historia, una pregunta aparecía inevitablemente: ¿quién regresaría voluntariamente a un lugar donde fue tan miserable?
La nueva entrega intenta presentar ese regreso como una evolución emocional, pero termina rozando algo mucho más cercano al síndrome de Estocolmo corporativo. Andy parece detenida en el tiempo, orbitando nuevamente alrededor de un ecosistema que ya había entendido como destructivo. No hay verdadera transformación. Hay nostalgia disfrazada de madurez.
Y el problema es que la película nunca se anima a interrogar seriamente esa contradicción.
Las nuevas incorporaciones tampoco ayudan demasiado. La asistente de Andy se siente forzada desde su introducción, construida más como dispositivo narrativo que como persona real. Pero quizás el caso más desconcertante sea el mecenas de Emily, un personaje tan exageradamente caricaturesco que por momentos parecía escapado de un sketch de Saturday Night Live. Ni hablar del supuesto enamorado de Andy. No dedicaremos una sola frase para él. La sátira pierde efectividad cuando deja de observar el absurdo humano y simplemente se convierte en exageración permanente.
La película original tenía ironía. Esta tiene gesticulación.
Y aun así, funciona. O al menos funciona comercialmente.
Porque entendió algo sobre esta época: gran parte del público más joven no conoció The Devil Wears Prada como película, sino como lenguaje de internet. Como gifs, audios virales, screenshots y memes aspiracionales. Esta secuela no dialoga realmente con el film de 2006. Dialoga con su mutación digital.
Por eso todo parece tan hiperacelerado, tan simplificado y tan desesperadamente consciente de sí mismo. La película no quiere que pensemos demasiado. Quiere que reaccionemos rápido.
Y tal vez eso sea lo más decepcionante. Porque detrás del vestuario impecable, del ritmo frenético y de la maquinaria de marketing, queda la sensación de que no había demasiado para decir. No hay una reflexión seria sobre el periodismo de moda contemporáneo, sobre la cultura laboral tóxica, sobre el agotamiento aspiracional ni sobre el envejecimiento dentro de industrias obsesionadas con la juventud.
Solo queda la estética.
Pero incluso la estética empieza a vaciarse cuando pierde profundidad emocional.
La nueva El diablo viste a la moda no es desastrosa. Es algo quizás más triste: una película perfectamente adaptada a una cultura que ya no quiere detenerse demasiado en nada. Una secuela construida para sobrevivir en clips antes que en la memoria.
Y eso, para una historia que alguna vez entendió tan bien la superficialidad del mundo que retrataba, termina siendo una ironía bastante amarga.
