En una cartelera teatral cada vez más atravesada por la urgencia del impacto inmediato, las adaptaciones de Stephen Sondheim siguen funcionando como una especie de resistencia elegante. No buscan complacer. No persiguen el aplauso fácil. Tampoco subestiman al espectador. Company, dirigida por Fernando Dente, terminó su temporada en Buenos Aires dejando algo poco frecuente en el teatro musical contemporáneo: conversaciones posteriores.
Lejos de apoyarse únicamente en la espectacularidad visual o en el brillo clásico de Broadway, esta versión apostó por un tono emocionalmente incómodo, neurótico y profundamente humano. Y allí estuvo, probablemente, una de sus mayores virtudes.
El musical gira alrededor de Bobby, un hombre que observa el amor desde afuera mientras las relaciones de sus amigos funcionan como espejos deformados de sus propios miedos. Lo interesante es que Company no intenta responder grandes preguntas sobre el matrimonio, la soledad o el deseo. Apenas las expone. Las deja vibrando. Y esa ambigüedad sigue siendo moderna incluso décadas después de su estreno original.
La puesta de Dente entendió bastante bien ese espíritu. Hubo una búsqueda estética precisa, dinámica y sofisticada, especialmente en el trabajo de transiciones escénicas y en la construcción de climas urbanos. La dirección evitó caer en el exceso melodramático y mantuvo cierta frialdad emocional que, aunque por momentos alejaba al espectador, también dialogaba con el corazón conceptual de la obra: personas hiperconectadas incapaces de intimar de verdad.
Sin embargo, no todo funcionó con la misma intensidad.
En algunos segmentos, la narrativa pareció quedar atrapada entre la fidelidad al material original y la necesidad de volverlo emocionalmente más cercano al público argentino actual. Eso generó ciertos pasajes donde el ritmo se volvía irregular y algunos conflictos parecían más intelectuales que orgánicos. La obra brillaba más cuando dejaba de explicar y simplemente observaba.
Dentro de un elenco sólido, hubo dos interpretaciones que elevaron el material de manera notable: Vanesa Butera y Alejandra Radano.
Vanesa Butera aportó una sensibilidad extremadamente contemporánea. Su presencia escénica tuvo algo magnético sin necesidad de exageraciones. Incluso en momentos de aparente liviandad, había una lectura emocional subterránea muy inteligente. Supo construir una vulnerabilidad elegante, contenida, lejos del dramatismo obvio. Cada aparición suya parecía ordenar la escena.
Alejandra Radano, en cambio, jugó desde otro lugar: precisión, experiencia y carácter. Lo suyo tuvo el peso de quien entiende perfectamente el lenguaje del teatro musical y sabe manipular sus tiempos internos. Radano no solamente interpretó: dominó el escenario desde los silencios, desde la pausa, desde el gesto mínimo. Hay artistas que entran a escena y generan ruido. Ella generó densidad. Y eso es mucho más difícil.
También resultó interesante cómo Company logró hablarle a una generación agotada por la hiperdisponibilidad emocional. En tiempos donde todo parece exigir conexión constante, la obra vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el miedo al compromiso en realidad es miedo a desaparecer dentro de otro?
Quizás por eso el musical sigue funcionando. Porque debajo de sus canciones sofisticadas y sus estructuras fragmentadas, hay algo brutalmente reconocible: personas intentando entender cómo amar sin dejar de existir.
La versión argentina de Company no fue perfecta. Tuvo altibajos, algunas decisiones discutibles y momentos donde la emoción parecía quedarse demasiado encapsulada en la estética. Pero incluso en sus imperfecciones, consiguió algo cada vez más raro: inteligencia escénica.
Y en una época donde muchas producciones parecen diseñadas únicamente para generar clips virales o aplausos instantáneos, eso ya merece atención.
