El tiempo pasa y, como dice la canción, “nos vamos poniendo viejos”.
Aunque a mis 43 años prefiero reformularla: el tiempo pasa y me voy volviendo cada vez más consciente de lo que hago con mi tiempo.
Llegamos al último trimestre del año en un pestañeo. Hace un instante era marzo, mi hijo empezaba quinto grado, y hoy ya estoy pensando en el verano. Entre foto y foto, entre días que se parecen, el año se fue. Y me encuentro otra vez con esa sensación: ¿en qué momento pasó?
A veces me descubro funcionando en modo automático, casi como una zombi: trabajo, hijos, casa, pendientes. Hacer, hacer, hacer. Llega la noche, y el día se repliega sobre sí mismo como si todo volviera a empezar.
Y sin embargo, hay algo que me rescata de esa Matrix cotidiana.
Son esos momentos elegidos con intención, los que rompen la rutina y me recuerdan que estoy viva: los martes de improvisación teatral, donde juego, me río y aprendo desde la liviandad. Las charlas espontáneas con una amiga que me hacen llorar de risa. Las reflexiones de mi hijo cuando vuelve del colegio y me sorprende con su lucidez.
Esos momentos tienen algo sagrado: me devuelven a mí.
La conciencia del tiempo
Ser consciente del tiempo, creo, tiene que ver con elegir.
Con definir hacia dónde quiero ir, qué voy a priorizar, y qué voy a dejar ir —porque todo no se puede.
Hace poco escuché una frase que me quedó resonando: “La productividad no se trata de hacer más, sino de elegir mejor lo que dejamos de hacer.”
Y es verdad. No se trata de cantidad, sino de sentido.
A mí me gusta hacer muchas cosas. Pero ni el tiempo ni la energía alcanzan para todo. Así que elijo: este año decidí hacer teatro y entrenar; decidí ir a buscar a mi hijo al colegio al menos tres veces por semana; decidí también poner objetivos laborales realistas, no infinitos.
Esa claridad no hace que el tiempo pase más lento, pero sí que tenga sentido. Porque ya no hago por hacer: hago para. Hay una intención detrás de cada acción.
La productividad del ser
A veces, la verdadera productividad tiene sabor a pausa.
A menos, pero mejor.
A preguntarse con honestidad:
- ¿Cuándo es suficiente?
- ¿Detrás de qué urgencias estoy corriendo?
- ¿Qué es importante para mí?
- ¿Con qué elijo comprometerme?
- ¿Cómo quiero que sean mis días?
Recuerdo cuando nació mi segundo hijo, León. Tenía una persona que me ayudaba en casa, muy obsesiva con el orden. Me repetía todo el tiempo la importancia de que todo estuviera impecable. Y en esa vulnerabilidad del puerperio, la escuchaba y ordenaba…
Hasta que un día me di cuenta de que estaba corriendo detrás de lo que era importante para ella, no para mí.
A veces vivimos así: persiguiendo los objetivos de otros, cumpliendo con expectativas ajenas, desconectados de lo que realmente nos importa.
Volver a mirarnos
Ser consciente del tiempo es también volver a mirarse.
Parar la pelota y preguntarse:
¿Qué me gusta hoy?
¿Qué me hace bien?
¿Qué elijo seguir haciendo, y qué ya no quiero más?
Son preguntas simples, pero no fáciles. Porque implican coraje: el de mirarse con honestidad, más allá de la mirada de los demás.
Y ese acto de valentía —el de elegirnos— es, creo, la forma más profunda de darle sentido al tiempo.
Entre el deber y el querer
La vida no puede ser solo correr: pagar cuentas, hacer transferencias, responder mensajes, cumplir con horarios imposibles.
Todo eso también es parte de la vida, sí.
Pero no toda la vida.
Hay algo que solo aparece cuando paramos.
Cuando dejamos de hacer, aunque sea un instante, y levantamos la mirada de la pantalla.
Ahí, en ese silencio entre el deber y el querer, aparece el sentido.
Y entendemos que el tiempo no se trata solo de pasar, sino de vivirse.
Hoy, por ejemplo, elegí escribir este artículo.
Porque escribir también es una forma de detener el tiempo, de pensarlo, de compartirlo.
Y porque mientras lo hacía, me sentí —por un rato— profundamente viva.
Ilustración: https://markwangillustration.com/
