Con su literario estilo de escritura, Flavio Crescenzi repasa la presentación de «Liminal», el primer LP de Robyn Lekker. Una crónica donde la música, la atmósfera y la transición se vuelven una misma experiencia.
«La vida sin música sería un error», decía Nietzsche. «Ama tu ritmo y ritma tus acciones», expresaba, por su parte, el siempre estupendo Rubén Darío. Con estas dos ideas o citas sobrevolando mi cabeza, como aves de noble cetrería, asistí el jueves 13 de agosto de 2026 al evento que organizaba un viejo amigo. El evento era la presentación en sociedad de un LP; mi amigo, el artista y cantante Robyn Lekker.
Tuve la suerte, hace unos años, de ver la gestación y el nacimiento de este compositor independiente, cuando emergió de la cantera creativa que la persona detrás de ese nombre enigmático y eufónico defiende a rajatabla; suerte acaso equivalente a la que tuvieron aquellos que pudieron testificar el surgimiento de Ziggy Stardust de las entrañas mismas del llamativo David Bowie. Lo que vi y escuché entonces prometía mucho; lo que vi y escuché aquel jueves me sorprendió, naturalmente, para bien.
Liminal, el LP que tuvimos el privilegio de escuchar algunos pocos antes que nadie aquella noche, es una obra conceptual de rock alternativo, con elementos de música electrónica y letras seductoramente introspectivas. Me impresionaron, entre otras cosas, los excelentes riffs de guitarra y esa fluctuante e hipnótica atmósfera propiciada por los arreglos de teclado. El tema que le da nombre al disco fue quizá el que más me cautivó, sobre todo por su dinamismo armónico y melódico, por su sinuosa progresión estructural. Pero hubo otros —mosaicos de una pieza hecha de piezas, segmentos de un mismo recorrido— que me interesaron por igual; después de todo, este asesor lingüístico y literario también fue rockero alguna vez.
Sin embargo, la propuesta no se limitaba a lo sonoro, y en esto, entiendo, radicó lo distintivo del evento. El concepto que Robyn Lekker nos brindó aquella noche inaugural consistía en que los invitados pudiéramos tener una experiencia de escucha inmersiva y multidisciplinaria, en donde imagen, sonido, atmósfera y mensaje fuesen apreciados como una sola y misma cosa. Y eso hicimos todos los presentes, aunque cada uno a su manera.
El evento se llevó a cabo en Umbral, ubicado en Loyola al 1100, en esa zona —también liminal— en la que Villa Crespo empieza a parecerse por momentos a Palermo. Conjeturo que la decisión de hacerlo ahí no fue azarosa, pues es sabido que ni siquiera el mismo azar lo es.[1]
Un espacio liminal es básicamente un sitio de transición, una frontera física y temporal entre un punto de partida y uno de llegada. Por ejemplo, los pasillos de un hotel, aeropuertos vacíos, escaleras o zonas de espera. En el mundo digital, el término se usa para describir lugares desolados y extraños que hacen que uno sienta nostalgia o curiosidad.
Me atrevería a decir que eso mismo experimentamos los invitados desde el momento en que cruzamos el portón de entrada. Descalzos y sentados en almohadones, bebiendo té u otras bebidas sin alcohol, los que ocupamos la antesala pronto descubriríamos que ese era apenas un espacio de transición a otro aún desconocido, uno que nos haría olvidar el que dejábamos.
La presentación de Liminal, antes de su lanzamiento propiamente dicho, tuvo algo de rito iniciático, ritual del que, al menos yo, salí de algún modo enriquecido. Estoy convencido de que los shows que preparan Robyn Lekker y su banda para difundir el disco estarán también cubiertos de ese halo. Los invito a constatar esto que digo cuando llegue el momento. Hasta entonces, recomiendo a todos los lectores de este medio que escuchen Liminal; les aseguro que disfrutarán muchísimo del viaje.
[1] Umbral cuenta con un sistema de parlantes holofónicos, lo que permitió que la experiencia de escucha fuese completamente inmersiva. Resulta difícil pensar, por lo tanto, que la elección del lugar haya sido caprichosa.
