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Por Melina Rigoni | Argentina

Comenzamos a subir la empinada cuesta mientras Naira nos contaba que, cuando el mar está  muy picado, los niños de esa parte de la isla viajan a pie por ese camino para ir a la escuela.  La subida, en algunos tramos muy resbaladiza, no se terminaba nunca.  Con frecuencia tuvimos que detenernos para recuperar el aliento aprovechando el tronco de algún árbol caído para sentarnos a descansar.

En la cima, nos sorprendió un pequeño cartel que anunciaba: a 50 metros señal de celular. El único lugar de la zona para comunicarse por esta vía. Bromeamos pensando en los sinsabores que esto podría causar en una pareja de enamorados recientes.

Comenzamos el descenso, en cada recodo del camino nos sorprendía un paisaje más bello que el anterior. Pequeñas villas de pescadores rodeadas de mar azul, tan transparente que, a pesar de la altura, podíamos ver algunas tortugas nadando debajo de la superficie.
En el camino nos cruzamos con espléndidas figueiras, árboles gigantes cuyas raíces adoptan posiciones inverosímiles, haciéndonos creer que crecen encima de una piedra o colgando del morro.

Llegamos a Provetá, un poblado de pescadores con escaso movimiento turístico; sus calles de casitas sencillas convergen en la iglesia evangelista.

La playa de Provetá tiene cerca de 500 metros de aguas claras, arena gruesa amarillenta y un mar de olas suaves. Allí disfrutamos de un energético açai na tigela, esa deliciosa crema oscura elaborada a partir de una fruta amazónica y que se suele comer acompañada con bananas, frutillas o cereal.

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Luego de descansar un poco continuamos camino a Araçatiba, la segunda comunidad en importancia de Ilha Grande por su actividad turística. Allí nos esperaba otra subida, la escalera sin fin que conduce a la posada Bem Natural, construida en la ladera de un morro. Bello lugar atendido por su dueña, Nice, y un equipo de atentas personas. El lugar tiene habitaciones y funciona además como camping con un restaurante y una cocina completa para compartir entre los huéspedes. Los distintos desniveles se comunican por caminos rodeados de flores y estanques con peces de colores. El restaurante tiene un enorme balcón abierto a la Ensenada de Araçatiba desde donde se puede apreciar el amanecer sobre Angra dos Reis.

Pasamos allí la noche y partimos bien temprano a la mañana siguiente, luego de desayunar.

Nos hubiera encantado realizar snorkeling en esa playa, ya que la quietud y la transparencia de las aguas son excepcionales pero, como ya mencioné, compromisos de nuestra amiga y guía hacían que debiéramos volver a Abraão ese mismo día. De todos modos, más adelante, en la ensenada de Sitio Forte, encontramos el momento para nadar y apreciar la variedad de fauna marina de la zona. Allí también nos emocionamos visitando la escuela donde trabajó nuestra compañera de travesía, Rossita, su primer destino como maestra hace más de 30 años. Una escuela pública de ensueño, a metros de la playa y rodeada por cocoteros inmensos.

También pasamos por la playa de Bananal, donde en el año 2010 un alud arrasó varias construcciones y la vida de 31 personas. En contraste con el verde esplendor que la rodea, una pendiente sin vegetación señala el lugar donde ocurrió la tragedia. Al pie de la misma hay un espacio que va camino a convertirse en memorial, cubierto de flores sembradas como homenaje a las víctimas.

En la última parte de nuestro recorrido, atravesamos una playa casi desierta a la luz de la luna. Solo la pequeña fogata de un acampante solitario iluminó un trecho del camino. Después, nos guiamos por la espuma blanca para saber dónde pisar hasta toparnos con una inmensa pared hecha de árboles y rocas que, gracias al ojo experto de Naira, se abrió en un estrecho sendero.

Hacia la noche llegamos a la Freguesia de Santa Ana, lugar donde se inició el poblamiento de la isla por parte de los europeos. En el siglo XVII era un próspero centro de desenvolvimiento económico de la región. Zona agrícola con grandes sembradíos de café, legumbres y cereales, y con ingenios de azúcar y aguardiente. En contraste con su esplendor anterior, se encuentra poco habitada actualmente.

En ese punto se nos agotó el tiempo. Eran cerca de las siete de la tarde así que Naira pidió refuerzos y un conocido suyo nos vino a buscar en lancha. Lo que nos permitió navegar de noche y llegar a Abraão desde el mar, viendo sus faroles reflejarse en el agua como si fueran los ojos de la naturaleza dándonos la bienvenida.

Esa noche celebramos disfrutando una pizza de abacaxi frente a la iglesia. Estábamos exhaustos pero felices y, durante el brindis, prometimos volver a recorrer la isla, con más tiempo.

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