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Por Adriana Funes |Argentina

Los últimos atentados ocurridos en Francia provocaron el repudio a nivel mundial hacia el terrorismo y fueron disparadores para reflexionar sobre distintos temas.

Por un lado, hasta qué punto la interpretación antojadiza de textos religiosos que hacen algunos grupos extremistas hace susceptibles a los que no comparten la misma idea de sufrir amenazas, violencia física y hasta la muerte.  Una postura tajante y arbitraria hace imposible cualquier intercambio de opiniones o discusión civilizada: cuando se ve la realidad con un lente monocromático es imposible acercarse a la realidad del otro.

Asimismo, en el otro extremo, cabe preguntarse si bajo el lema “libertad de expresión” es válido decir cualquier cosa, cualquiera sea el tema que se trate.  Cuando esa libertad no afecta nuestras creencias o sentimientos, es fácil ser comprensivos o ignorarlas, pero cuando toca nuestras fibras más íntimas, es más complicado tener una actitud permisiva.  Ni hablar cuando se tocan sentimientos religiosos con los cuales alguien se siente identificado y sobre los cuales se asienta su comprensión del mundo.

No obstante, en un mundo civilizado lo lógico es buscar alternativas no violentas para repudiar esas “libertades” ajenas que percibimos como una ofensa o falta de respeto.

Reconforta ver el rechazo a los atentados manifestado por diferentes países, no solo europeos.  Más allá de las diferencias que pueda haber en otros asuntos, uno puede imaginar una cierta alianza entre distintos pueblos ante hechos tan trágicos, más allá de donde tengan lugar.  Sin embargo, cuando empezamos a hacer un racconto de hechos violentos inexplicables como los referidos, parecería que no todos los casos tienen la misma repercusión o se le da la misma importancia.

Los países poderosos, pueden tener errores y bombardear, por poner un pequeño ejemplo, a un grupo de gente en un casamiento (como ha ocurrido) simplemente porque al festejar, siguiendo su tradición, hubo tiros al aire y los confundieron con posibles agresores, matando en el acto a treinta personas, además de dejar varios heridos.  Para ellos, este es un detalle, un simple acto que pasa casi desapercibido porque los que tienen más poder siempre encuentran un justificativo para su accionar.

En tal sentido, aparentemente no basta que se mate para que el hecho sea repudiado, depende de quién mate y depende de quién muera.  Cuando escuché en un canal español una reflexión similar, pensé que se referían a aquéllos países que parecen no tener voz  ni voto para el resto; pero no, lo sorprendente fue que se estaban refiriendo a España misma y se quejaban (comprensiblemente) de que ante el atentado del 11 de marzo de 2004 en la estación de Atocha (a pesar de que el número de víctimas y el desastre fue mucho mayor) el mundo no expresó la misma solidaridad que con Francia ante los atentados contra Charlie Hebdo y el supermercado kosher.

Recuerdo que mi abuela solía decirme que ante la muerte, todos somos iguales.  Si viviera hoy en día, le diría que no, que para este mundo, no todos los muertos son iguales.

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