La “fiebre” del Mundial arrancó como un complejo laboratorio social.
Los hechos ocurridos en el Campeonato Mundial de Fútbol 2026, muestran profundas asimetrías y políticas de exclusión hacia la mayoría de los ciudadanos. El inicio de este torneo pasó a la historia a causa de sus grandes ausencias políticas. Las máximas autoridades de los tres países organizadores evitaron la fotografía oficial de la inauguración. Esto demostró la incomodidad ante las tensiones migratorias bilaterales.
El formato de tres inauguraciones distintas generó un aluvión de críticas. Aparecieron entre claroscuros y contradicciones con un modelo muy austero. Es indiscutible que el dinero desplazó el alma del torneo. El fervor popular fue aplacado por un frío accionar de corporaciones. Predomina la lógica del negocio digital con creadores de contenido y élites corporativas.
Otra era
El furor del público tradicional fue excluido del gran espectáculo. Somos testigos del bautismo de la era hiperdigital y el funeral de la dimensión social. El negocio que impuso Donald Trump ante la FIFA fue que su país fuera el protagonista. Mientras tanto, México y Canadá deben jugar sus roles secundarios.
Por ende, los beneficios económicos son desiguales. Estados Unidos aplica controles fronterizos con restricciones para los aficionados de diversos países. Además, todos los futbolistas deben viajar con visados especiales que los protegen. Muchos deportistas y árbitros africanos sufrieron retenciones inoportunas.
El deporte opera hoy bajo lógicas de seguridad nacional extremas. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, celebra fervorosamente cómo se llenan las arcas de la institución que preside. Los negocios comerciales llevan a la elitización del fútbol en todo el mundo.
Mercancía
El fútbol dejó de ser el patrimonio cultural de la gente. Ahora es una mercancía reservada para las minorías ricas de todo el planeta. El Mundial de este año cumple con las expectativas de expansión del mercado y la maximización de la audiencia televisiva deseada por las multinacionales. La nueva sociología del deporte ya no genera diplomacia cultural ni integración humana.
Viajar requiere un gasto promedio de 4.000 dólares por persona y las entradas son artículos de lujo. El ciudadano común debe conformarse con mirar los partidos en una pantalla gigante en el exterior. Las Fan Zones son un premio consuelo. Los palcos VIP de los estadios albergan a las corporaciones multimillonarias.
La cara oculta de la FIFA se basa en las manipulaciones otorgadas a alegorías como el nacionalismo, la patria, la paz y la acción reprimida del fanático, en una sociedad convulsionada por el desempleo, la violencia, la pobreza y la crisis de identidad.
La alegría del fútbol como deporte perdió el sentido de su identidad y ha entrado en su fase de intensificar el amplio surtido de los productos que ofrece el mercado: el fútbol es una mercancía más y sus enajenados son quienes asisten a los estadios para sostener el millonario negocio de un juego con tradición más popular que clasista. ¿Ves el Mundial?
