En esta época del año en la que todo cambia y se viste de luces, influye en la química de nuestro cerebro.
La Navidad y Año Nuevo es ese periodo del año que se ama o muchas veces también se odia. Hay quienes la disfrutan como niños a la espera de Papá Noel y otros que no ven la hora de que pase el vértigo y todo vuelva a la normalidad. El impacto del estrés se refleja en cómo la necesidad de complacer a todos en las fiestas genera tensiones y conflictos, poniendo a prueba nuestra capacidad de gestión emocional.
Sin duda, estas fiestas generan sentimientos encontrados en muchas personas, debido al estrés que produce las tareas por hacer, las expectativas familiares, la nostalgia de tiempos pasados, la soledad y el balance personal. Al llegar a final del año nos encontramos a menudo agotados, sumidos en el estrés derivado de las prisas, las compras de regalos, las decisiones sobre con quién pasar las fiestas, el cansancio acumulado y la sensación de no hallarnos en un estado de calma.
Los expertos afirman que el estrés afecta de manera diferente a cada persona e influye según la personalidad, género y edad. Además, destacan que las reuniones suelen generar emociones diversas, especialmente para aquellos que están acostumbrados a pasar la Navidad en familia y no la tienen.
La silla vacía
El “síndrome de la silla vacía” se produce al recordar eventos tristes o la ausencia de seres queridos, una experiencia que se intensificó tras la pandemia. Por otro lado, quienes estaban acostumbrados a pasar estas fiestas en familia y ahora no la tienen pueden experimentar agobio al estar solos, o viceversa, sentirse abrumados en entornos con demasiada gente. Es un fenómeno común donde la ausencia de seres queridos despierta sentimientos de pérdida y melancolía.
Toda esa sobrecarga de tareas, estrés, emociones, reencuentros, alegrías y tristezas tienen sus causas y sus consecuencias en el cuerpo y la mente. En este escenario de fin de año, los neurotransmisores afectados varían según la persona, pero suelen involucrar a la dopamina, la serotonina y el cortisol. Las dos primeras están relacionadas con la felicidad; el cortisol, con el estrés. Hay quienes tienen una predisposición a vivir estas fiestas con un espíritu relajado, experimentan una sensación mayor de bienestar, felicidad y compañía. Ellos seguramente contarán con niveles más elevados de serotonina.
Hacer regalos activa regiones cerebrales asociadas con el placer, la conexión social y la confianza. Existe una red neuronal de circuitos que tienen que ver con el espíritu navideño y que claramente se activa significativamente en las personas que tienen esa tradición en comparación con aquellos sin tradiciones.
Es fundamental comprender y abordar la diversidad de experiencias emocionales durante estas festividades, promoviendo estrategias de enfrontamiento saludables y fortaleciendo los lazos familiares en medio de la complejidad que estas celebraciones pueden conllevar. Querido lector, ¿le pasa esto o algo similar en esta época del año?
