Asistir a un club de escucha de In Rainbows no es un gesto nostálgico; es una decisión crítica. Volver a ese disco —diecinueve años después de su irrupción— exige un contexto que esté a la altura de su ambición estética. Artlab lo ofrece, y no como marco sino como instrumento.
La noche estuvo conducida por Roque Casciero, cuyo nombre se recortaba con claridad detrás suyo en la pantalla, como un subtítulo necesario. Casciero no “presenta” un disco: lo contextualiza, lo desarma con precisión periodística y vuelve a montarlo para la escucha atenta. Su intervención fue medida, informada, sin didactismos innecesarios; la de alguien que entiende que In Rainbows no necesita traducción, sino aire.
Publicado en 2007 bajo el célebre modelo pay what you want, In Rainbows fue menos una provocación de mercado que una redefinición del vínculo entre artista y oyente. Radiohead no sólo desafió a la industria: propuso una ética. Pero el verdadero quiebre está en el sonido. Este es, quizá, el disco más corporal de la banda. Menos distópico que Kid A, menos abrasivo que Hail to the Thief, más táctil, más humano. Un álbum donde el pulso importa tanto como la textura.
Escuchado en vinilo —como debe ser—, temas como “15 Step” revelan su arquitectura rítmica con una claridad quirúrgica: el juego de acentos irregulares, la batería de Phil Selway respirando entre capas digitales, el bajo de Colin Greenwood ocupando un lugar físico en la sala. “Bodysnatchers” irrumpe con una energía casi garage, pero controlada; “Nude” (En la que me resultó imposible no emocionarme hasta las lagrimas) se despliega como una lección de economía emocional, con ese falsete de Thom Yorke flotando, sin peso, sostenido por arreglos que parecen evaporarse antes de caer. “Weird Fishes/Arpeggi” —uno de los puntos altos de la experiencia— confirma por qué Radiohead es, ante todo, una banda de guitarras que aprendió a pensar como un organismo electrónico.
La relación de In Rainbows con Argentina no es menor. Radiohead ya había dejado una marca profunda con su visita de 2009, y este disco —que acompañó esa gira— quedó asociado a una generación de oyentes locales que entendieron que la modernidad también podía ser emocional. Yorke siempre tuvo una conexión particular con el público argentino: una escucha atenta, casi reverencial, que encuentra en In Rainbows su correlato perfecto.
Ahora bien, nada de esto funcionaría sin el factor determinante de la noche: el sonido. Artlab no propone simplemente “buena acústica”; propone criterio técnico. El sistema de parlantes —de rango completo, perfectamente calibrado y con una distribución que privilegia la coherencia espacial por sobre el volumen— permitió una escucha detallada, con una respuesta en graves profunda pero controlada, medios presentes y un extremo alto preciso, sin fatiga. La imagen estéreo se mantuvo estable en toda la sala, con una alineación temporal que respetó las microdinámicas del vinilo. Aquí no se trata de presión sonora, sino de resolución. De poder seguir una reverb hasta su extinción natural. De escuchar cómo un hi-hat se apaga en el aire.
A esto se sumó una experiencia gastronómica y de coctelería que acompaña sin distraer. Tragos ejecutados con técnica, balanceados, pensados para permanecer en segundo plano, como un buen arreglo. Artlab entiende algo fundamental: en una escucha profunda, todo lo accesorio debe estar afinado.
Salí con la sensación de haber vuelto a escuchar In Rainbows por primera vez. No por sorpresa, sino por claridad. En tiempos de escucha fragmentada, este tipo de eventos no son un lujo: son una necesidad cultural. Y cuando el disco, el espacio, el sonido y la curaduría coinciden, la experiencia deja de ser un homenaje y se convierte en presente.

