Hay una frase que escucho cada semana, como un mantra ansioso: “La IA nos va a robar la creatividad.”
Entiendo el miedo. Lo respeto. Pero si quiero opinar con honestidad, después de leer, mirar casos reales y seguir la conversación de cerca, tengo que decirlo sin vueltas: la IA no viene a robar ideas; viene a amplificarlas… y a revelar algo más brutal: qué tan poca intención ponemos muchas veces detrás de lo que llamamos “crear”.
La creatividad —la de verdad— no es un producto terminado. Es una toma de postura. Una forma de mirar. Un gesto de autoría.
Entonces, la pregunta no es “¿la IA puede crear?”. La pregunta es: ¿qué hace la IA con una cultura que ya vivía produciendo demasiado y diciendo poco?
La ilusión del robo: ¿ideas o patrones?
La mayoría de las personas no teme que la IA copie. Teme otra cosa: teme volverse reemplazable.
Porque cuando una máquina produce 50 versiones en segundos, el ego creativo siente que el suelo se mueve.
Pero si lo miramos fríamente, la IA generativa trabaja —en términos generales— con probabilidades, patrones, recombinaciones. No “imagina” como imaginamos nosotros. Y esto no es una defensa romántica del humano: es una diferencia estructural.
De hecho, hay evidencia reciente y bastante incómoda: cuando se deja a sistemas generativos producir en bucle, sin guía humana, el resultado tiende a converger en estilos repetidos y clichés (una creatividad “de ascensor”, familiar, segura). Ese “límite de originalidad” aparece una y otra vez cuando la máquina optimiza lo más probable.
Lo que nos lleva a una conclusión útil: si vos no guiás, si no elegís, si no editás, si no tenés intención, la IA tiende a uniformar. Y si uniforma, tu “voz” desaparece.
La IA como espejo: lo que amplifica no es solo tu talento
Hay una idea que me interesa más que cualquier debate moralista: la IA amplifica el proceso, no solo el resultado. Si tu proceso creativo era superficial, se va a notar. Si era profundo, se va a expandir.
El punto clave es que la IA baja el costo de probar. Generar opciones, variaciones, caminos estéticos, metáforas. Eso es poderosísimo. Un panel en MIT lo planteó con bastante claridad: la IA va a cambiar cómo se produce arte y diseño, no solo “qué” se produce.
Pero acá aparece la trampa: cuando todo es fácil, el criterio se vuelve raro. Y el criterio es, justamente, lo que separa la creación del ruido.
Por eso, para mí la habilidad más valiosa del creador de los próximos años no será “hacer prompts”. Será evaluar: detectar lo que tiene valor entre miles de outputs. Hay investigación sobre cocreatividad humano-IA que insiste en esto: la fase crítica no es generar ideas, sino evaluarlas con expertise.
Productividad creativa vs. cultura creativa
Otra gran confusión contemporánea: creer que producir más es crear mejor. La discusión pública está obsesionada con productividad: más piezas, más posteos, más versiones.
Organismos como la OCDE señalan que la IA generativa puede impactar productividad e innovación, incluso bajando barreras de entrada y acelerando procesos. Perfecto. Eso es real.
Pero yo pregunto algo distinto: ¿qué pasa con la cultura cuando el costo de generar contenido tiende a cero? Porque cuando todo es contenido, lo escaso pasa a ser el significado. Y ahí aparece mi tesis, sin solemnidad: el futuro creativo no será de quien produzca más, sino de quien tenga algo verdadero que decir y la disciplina para sostenerlo.
Entonces… ¿qué vale un creador humano?
Vale esto:
- Intención: por qué existe lo que hacés.
- Criterio: qué dejás afuera.
- Voz: el patrón emocional e intelectual que solo vos repetís.
- Responsabilidad: entender las consecuencias culturales de lo que amplificás.
La IA no mata la creatividad. Mata al creador que no decide. Y paradójicamente, eso puede ser una buena noticia: porque nos obliga a volver a lo esencial.
La pregunta final que me hago —y te dejo— es provocadora pero justa:
si mañana cualquiera puede hacer “algo lindo”, ¿qué vas a hacer vos para que lo tuyo sea inevitable?
Ilustración Ridyn
