-Te voy a contar algo que nunca le conté a nadie. Que quede entre nosotros porque si no, van a pensar que estoy chiflado.

-No, por favor, no te preocupés. Soy una tumba.

-Mirá-Francisco se acomodó en la silla y se sirvió otro vaso de cerveza para acompañar su relato-. Me acuerdo perfectamente, hace 30 años, en este mismo lugar, se festejó el cumpleaños de la hermana del dueño. Cumplía 50 años. Este bar no era así. Tenía una construcción muy antigua. Tenía varios salones. Yo estaba jugando con unos chicos. Mirá, es algo que no puedo entender. Te lo cuento a vos porque sos psicólogo y quiero que me digas qué pudo haber sido.

Veía en los ojos de mi amigo la necesidad de saber la verdad sobre un hecho confuso en su vida.

-Te imaginarás que esa fecha era muy especial para el pueblo porque era el cumpleaños de la hermana del dueño del único bar. Mis viejos me vistieron con un traje nuevo, con camisa blanca, pantalón y saco azul, chaleco al tono y zapatos nuevos. Yo tenía 12 años y no me gustaba nada. Te imaginás cuando me vieron los otros chicos y yo era el único pelotudo vestido con traje. Entonces, en plena fiesta ya no me aguantaba más las cargadas, me cansé, salí corriendo y me fui a parar al salón del fondo de este bar. No había nadie. Empecé a husmear y vi que debajo de una mesa, había una pelota negra. Me puse a jugar solo con la pelota. Me paré frente a una pared donde había un reloj antiguo. Hacía picar la pelota contra la pared, picaba en el suelo y la agarraba con las manos. Así, una y otra vez. En un momento, el reloj marcó las tres de la tarde. Me asusté con las campanadas y tiré la pelota. Esta desapareció. Se puso todo oscuro. Comencé a sentirme que estaba levitando. Sentía mucho frío y algo me oprimía. Oía gritos, alaridos, llantos y gemidos. No veía nada. Sentía que no estaba solo. Algo me rozaba a cada momento. De pronto, sentí algo redondo que tocaba mi cara. Supe que era la pelota. Cuando quise agarrarla con mi mano izquierda, sentí que me quemaba. Fue tanto el ardor que grité y escuché unas risas atroces. No sé cuánto tiempo pasó. Me sentía triste y dolorido. Comencé a llorar porque sentía mucho miedo. Era como que estaba muerto.

En ese momento, mi amigo comenzó a sollozar. Mientras aguardaba que prosiguiera el relato, pude observar las dos cicatrices rojas que tenía en la mano izquierda. Nunca las había notado.

-Nunca supe qué pasó después. Abrí los ojos y estaba tirado en el suelo de la sala. Me levanté, caminaba y estaba muy mareado. El reloj marcaba las 9 de la noche. Parecía que nadie se había percatado de mi ausencia. Fui donde estaban mis padres. Me retaron mucho. Estaba todo sucio y mi traje estaba todo roto. Me preguntaron dónde me había metido. Mientras mi madre me limpiaba, noté que en mi mano derecha tenía un papel. Era éste.

Francisco sacó un papel amarillo y todo arrugado. Me dijo que lo había guardado desde entonces. Por un lado estaba impresa la invitación al cumpleaños de la hermana del dueño de “El Paraíso”. Del otro lado, decía: Fiesta de Noche de Brujas (1862). Quedé atónito. Le dije que no podía darle una explicación. Estuvimos unos minutos en silencio. Me paré y fui al baño. Al salir, pasé por el salón donde estaba el reloj. Me paré frente a éste y faltaban cinco minutos para que fueran las 3 de la tarde. Salí corriendo.

 

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