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Por Mauricio Delgado | Argentina

Veo mi nombre escrito en un vasito de cartón prensado o algún producto del cual no tengo interés en aprender el nombre. Lo veo y me siento tal cual. Un vasito. Ya pase la mitad de mi bebida y no quiero seguir tomando de ella. No quiero dejar que el vasito sea uno más en la basura.

Las metáforas rara vez me complacen, pero con esta tendré que hacer una excepción. La cuenta regresiva para algo que no se empezó, el humito dejo de salir por el pequeño orificio del que bebo.

Por suerte el vasito es opaco, no me permite ver cuánto le queda. Me deja ilusionarme de que aún está lleno. Que aún tiene mucho para dar. Que aún es útil.

Le doy un sorbo, porque ya no recordaba bien que tenía dentro. Sabrosísimo, riquísimo. Me arrepiento apenas golpea mi estómago, debería haber sido un sorbo más pequeño. Lo use en un momento equivocado.

Cuantas veces habré dado demás sin darme cuenta. Me siento culpable o sigo apreciando el vasito que cada segundo que pasa está más vacío y más frio. En la mesa de al lado, una chica toma un té. No es tan interesante como mi trago, pero ella parece serlo ya que está concentrada en su vida. Contesta el celular sin preocuparle que el té se oscurece por demás a medida que se enfría.

Estoy al borde de la silla, me desespero, quiero avisarle. No pude aguantarlo más, veo que se extingue su humito y me vi obligado a intervenir. Llamo su atención con una exclamación onomatopéyica, fue como cuando alguien te abre la puerta del baño. Solo atinas a gritar silabas sueltas. Ella me miro, y las dos mesas de al lado también. Sumido en la vergüenza, adoptando en mi rostro el calor perdido por ese tecito. Le digo suavemente y volviendo a sentarme en mi silla “creo que se te enfría”.

Supuso que era un intento de abrir una charla para tratar de seducirla. Por suerte creyó eso y no la verdad. Me encontraba más cómodo con esa situación que con la verdad. Me siento en mi silla, vuelvo a mi hoja del Word. La verdad no puedo escribir nada.

Me doy cuenta que no vigile mi vasito todo este tiempo, me había estado preocupando por el vasito de otro. Lo tomo, desconozco su peso, no recuerdo si era así o más pesado antes. Frente al miedo le doy un sorbo. Pequeño esta vez, pero ya con más miedo que antes pues logro sentir el amargor del fondo. Solo quedaban rastros de ricura en mis comisuras.

La moza del café me mira. Simulo que bebo para demostrar que tengo aún más bebida. No quiero que sepa que me debe quedar como mucho dos sorbos. Mientras ella pasa recolectando las bandejitas y vasitos de otras mesas. Asesina! Esos vasitos volcados sucios, son Julieta, juampi y creo que clari. Supongo que la que nos anotaba en los vasos había estudiado medicina, algunos nombres eran bastantes ilegibles.

Volviendo a lo importante, veo como todos esos vasos, se caen en una lenta agonía traslucida en el tacho. Un cementerio común para todos. A todo esto, perdí la noción del tiempo. Ya tengo que irme.

Me paro, apago la notebook, guardo todo. Me pongo mi sobretodo. El vasito sigue ahí, sobre la mesa. Mirándome con carita de “no me dejes”. Y como podría hacerlo, si sos yo.

Lo agarro, bebo la poca resaca que le quedaba y cierro el trago como si fuese un beso de despedida. La moza se acerca, maldita acechadora de cadáveres. Asumo la responsabilidad del crimen cometido, si yo me maté y acá tenes el cadáver aun tibio.

Frena su rápido caminar una vez cerca mío y me pregunta si quiero un “refill”. Sentí que la muerte me dio una oportunidad más. Le dije que sí, sin dudar. Vuelvo a ver el humito saliendo de mi vasito, vuelve a estar lleno.

Justo antes de irme, doy la vuelta, vuelvo a la chica del tecito que anteriormente atormente y le dejo mi café. “Disculpa por lo de antes, toma este, está caliente y quédate tranquila que siempre se puede hacer un refill”.

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