Por Maximiliano Reimondi

“Leer es equivalente a pensar con la cabeza de otra persona en lugar de con la propia” (Arthur Schopenhauer)

La escritura nació hace cinco mil cuatrocientos años y el alfabeto tiene sólo tres mil ochocientos años. De este modo, la evolución no dio tiempo de desarrollar circuitos especializados de lectura para la humanidad.

La lectura es una de las cosas que han incrementado radicalmente las capacidades innatas de nuestros cerebros. Esta ofrece uno de los bancos de pruebas más apropiados para las neurociencias. Se ha comprobado que el cerebro alfabetizado contiene mecanismos corticales especializados que están dispuestos para el reconocimiento de las palabras escritas. Están sistemáticamente ubicados en regiones cerebrales idénticas en todos los seres humanos.

Durante el desarrollo del cerebro, los mecanismos de aprendizaje seleccionan qué pre-representaciones pueden adaptarse mejor a determinada situación. Asimila todo lo que se encuentra alrededor, se adapta a una cultura dada, cambiando el uso práctico.

El procesamiento de la palabra escrita comienza en nuestros ojos. Sólo el centro de la retina, que se conoce como fóvea, tiene una resolución lo suficientemente precisa para permitir el reconocimiento de las pequeñas letras. Entonces, nuestra mirada debe moverse por la página constantemente. Cada vez que nuestros ojos se detienen, reconocemos una o dos palabras. Cada una de ellas es dividida por las neuronas de la retina en una miríada de fragmentos, y debe volver a unirse antes de que pueda ser reconocida.

Nuestro sistema visual extrae progresivamente grafemas, sílabas, prefijos, sufijos y raíces de las palabras. Finalmente, dos rutas importantes de procesamiento entran en juego en paralelo: la ruta fonológica, que convierte las letras en sonidos de habla, y la ruta léxica, que da acceso a un diccionario mental de significados de las palabras. Nuestra mirada se posa sobre una palabra y nuestro cerebro nos da acceso a su significado y a su pronunciación.

Este proceso no es simple. Cuando entra a la retina, una palabra se separa en un sinnúmero de fragmentos a medida que cada parte de la imagen visual es reconocida por un fotoreceptor distinto. A partir de esta información de entrada, el desafío consiste en volver a ensamblar las piezas para decodificar qué letras están presentes en ella, para descubrir el orden en que aparecen y para, finalmente, identificar la palabra.

La lectura comienza cuando la retina recibe fotones reflejados por la página escrita. La retina no es un sensor homogéneo. Sólo su parte central, la fóvea, es densa en células de alta resolución, sensibles a la luz que entra, mientras que el resto de la retina tiene una resolución más tosca. La fóvea, que ocupa aproximadamente quince grados del campo visual, es la única parte de la retina realmente útil para la lectura. La necesidad de llevar las palabras hacia la fóvea explica por qué nuestros ojos están en movimiento constante cuando leemos.

Cuando orientamos nuestra mirada, “escaneamos” el texto con la parte más sensible de nuestra vista, la única que tiene la resolución necesaria para distinguir letras. Sin embargo, los ojos no se mueven a través de la página de manera continua. Se mueven en pequeños pasos, llamados “sacadas”. Incluso dentro de la fóvea, la información visual no está representada con la misma precisión en todos los puntos.

Déjanos tu comentario

Suscríbete a nuestro Boletín.

Recibirás más artículos como este.