Por Adriana Funes | Argentina

El voluntariado es un camino de búsquedas internas y externas. En las internas, cada quien deberá indagar sus propias motivaciones, mientras que en las externas se tratará de encontrar una tarea que nos atraiga y que confiemos en que podremos realizar. A quien le interese el tema, le puedo contar mi experiencia.

Cuando comencé la búsqueda encontré organizaciones de todo tipo, incluso algunas cobrando altos montos, lo que me resultaba extraño aunque terminé aceptando la idea al pensar que el dinero recaudado podía utilizarse para cumplir los objetivos de la organización. En contrapartida, otros voluntariados son gratuitos, es decir, al voluntario no se le cobra por su estadía en el lugar (me refiero a quienes buscan hacerlo fuera de su país de origen).

Luego de investigar bastante, fui encontrando voluntariados a mi medida: tareas a realizar dentro de mi área de interés, en algún sitio que me pareciera atrayente, con un costo que me resultara lógico y accesible.

Entre todos los lugares posibles, había visto una opción interesante, pero que para mí sería todo un desafío. Se trataba de un voluntariado convocado por la Asociación Felicidad sin Fronteras a desarrollar en el Complexe Provincial des Personnes en Situation d’Handicap, en Azrou, un pueblo en el Atlas Medio marroquí.

Aunque mi idea original era realizar otro tipo de voluntariado, dejé mis inseguridades de lado y me postulé.  Finalmente, luego de un par de días, de completar formularios y responder preguntas, me aceptaron.

Fue entonces que comencé a interiorizarme (con la información que me suministraban los coordinadores) de cómo era la vida allí.  Cada vez me atraía más la idea, hasta que llegó el momento del viaje y comenzaron las incertidumbres: ¿me sentiría cómoda con la gente, el lugar, los pacientes…?

Sin embargo, los miedos se fueron diluyendo de a poco, empezando por el momento en que llegué al aeropuerto de Fez (el más cercano a Azrou) donde encontré a la gente de la Asociación esperándome con un cartelito en mano.  Apenas ví a Youssef, el coordinador general, Nerea (quien sería mi coordinadora) y los demás que los acompañaban, sentí un alivio instantáneo.  Me parecieron buena gente de entrada, así que la hora y media de viaje desde el aeropuerto hasta el lugar del voluntariado pasó rapidísimo, tan cómoda estaba que conversé todo el trayecto.

En cuanto a mi experiencia, debo decir que lo que inicié pensando en que iba a ser un sacrificio para otros, terminó siendo todo lo contrario.  Es más, si bien la mitad del tiempo de mi viaje lo iba a dedicar a mi actividad como voluntaria y el resto a recorrer Marruecos, al completar el período del voluntariado decidí continuar allí hasta el final del viaje.

Aclaro que se dieron las condiciones para que sea una vivencia memorable: la gente del lugar (agradecida y sociable), los trabajadores del Centro (absolutamente amistosos), el buen humor de los voluntarios (en particular, los odontólogos Pedro y Alberto) y Lala, una terapista ocupacional argentina que de compañera de voluntariado pasó a ser amiga.  Eso sumado al hecho de trabajar con chicos adorables, cada cual con su particularidad, todo confluyó para que mi experiencia fuera muy distinta a lo que había imaginado.

Además, en el tiempo libre, conocimos lugares hermosos, pero lo que quedará por siempre en mí es la visita al desierto de Merzouga, una visita de dos días que hubiese querido prolongar, pero esa es otra historia.

¿Qué le diría entonces a quien tenga la voluntad de ser voluntario? ¡Que lo haga!  Pagando mucho, poco o nada, en el lugar que quiera y en la tarea en que se sienta cómodo, porque ser voluntario es una experiencia que enriquece a todos.

 

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