Alex Honnold volvió a hacerlo. Esta vez no fue una pared natural en Yosemite ni una montaña remota, sino uno de los rascacielos más icónicos del planeta: el Taipei 101, 508 metros de arquitectura vertical, vidrio y acero. Sin cuerdas. Sin red. Sin margen para el error.
La noticia recorrió el mundo con la velocidad habitual de lo extraordinario. Videos, titulares, asombro colectivo. Pero una vez pasada la primera impresión, vale la pena detenerse y hacer una pregunta más incómoda y más profunda: ¿por qué esto nos impacta tanto? ¿Qué dice de Honnold… y qué dice de nosotros?
El vértigo como espejo
No nos impresiona solo la altura. Nos impresiona la decisión consciente de exponerse al riesgo máximo en un mundo que, paradójicamente, intenta reducir todo riesgo posible. Vivimos rodeados de seguros, protocolos, simulaciones, tutoriales y advertencias. Todo está diseñado para que nada salga mal.
Honnold hace exactamente lo contrario. Escalar sin cuerdas no es un acto impulsivo ni suicida, como a veces se simplifica. Es una práctica basada en años de preparación obsesiva, control mental extremo y una relación casi quirúrgica con el miedo. Lo que vemos como locura es, en realidad, una forma radical de lucidez. Y eso incomoda.
Por qué nos impresiona tanto
Porque Honnold encarna algo que hemos ido perdiendo: la capacidad de estar absolutamente presentes.
En el free solo no existe la multitarea. No hay distracción. No hay notificaciones mentales. Cada movimiento es definitivo. Cada decisión es irreversible. En una época de atención fragmentada, eso resulta casi inhumano… o profundamente humano, según cómo se lo mire.
Nos impresiona porque él hace con su cuerpo lo que muchos no logramos hacer con nuestra mente: estar en un solo lugar, en un solo instante, sin escapatoria.

¿Es solo espectáculo?
La crítica es válida y necesaria. ¿Tiene sentido escalar un rascacielos en una ciudad hiperurbana? ¿Dónde termina el desafío personal y dónde empieza el entretenimiento extremo? ¿Qué responsabilidad ética existe cuando el riesgo de muerte es real y visible? Estas preguntas no invalidan la hazaña. La contextualizan.
Honnold no escala para “demostrar” algo a los demás. Su historia muestra lo contrario: es un escalador incómodo para el ego, poco dado al show, casi austero. Pero el sistema mediático convierte cualquier gesto extremo en espectáculo. Y ahí aparece la tensión.
La finalidad del reto, entonces, no está solo en la escalada, sino en qué hacemos nosotros con lo que vemos.
El sentido profundo del desafío
Desde una mirada consciente, este tipo de retos no buscan ser replicables. No son un llamado a imitar. Son un límite. Un recordatorio brutal de que el cuerpo humano todavía puede operar en niveles de foco, coraje y precisión que no entran en el promedio. Que no todo puede ser optimizado, automatizado o protegido.
Honnold no nos dice “hagan esto”. Nos pregunta, sin palabras: ¿Dónde está tu borde? ¿Qué significa para vos estar realmente vivo?
Riesgo, control y libertad
Hay algo profundamente contemporáneo en esta hazaña. En un mundo que busca controlar todo —emociones, datos, resultados—, Honnold elige el único espacio donde el control es total o inexistente: la pared. No hay algoritmos que lo salven. No hay excusas. No hay narrativa posible si falla.
Y quizás por eso nos impacta tanto: porque nos enfrenta con una verdad que preferimos evitar.
La vida real, la que no está mediada por pantallas, no tiene botón de deshacer.
No se trata de escalar edificios
La escalada del Taipei 101 no es importante por el edificio. Es importante porque nos obliga a pensar qué tipo de desafíos valoramos hoy y cuáles evitamos.
Mientras muchos corren detrás de validación constante, Honnold se mueve en silencio hacia arriba, sin garantías. Mientras optimizamos todo para no sentir miedo, él lo integra, lo estudia y lo atraviesa.
No es un héroe. No es un loco. Es un recordatorio incómodo de algo esencial: El verdadero riesgo no siempre está en caer desde 500 metros. A veces está en pasar la vida entera sin enfrentarse a nada que nos transforme. Y eso, quizás, es lo que realmente nos deja sin aliento.
Foto: netflix.com/tudum
