Hay una frase que me resulta cada vez más insuficiente: “hagamos las cosas de forma sostenible.” Solo una frase ya no alcanza.
La sostenibilidad, en la práctica, se volvió muchas veces una ética de reducción del daño: consumir un poco menos, contaminar un poco menos, compensar un poco. Pero también podríamos decir que: un planeta degradado no se arregla solo con eficiencia. Por eso me interesa el salto conceptual que está tomando fuerza: la regeneración.
No se trata de “impacto neutral”. Se trata de impacto positivo y sistémico: restaurar, renovar, devolver.
¿Pero, qué es regenerativo, exactamente?
En la literatura de diseño y desarrollo regenerativo, una definición clásica —y sorprendentemente vigente— plantea la transición desde sistemas lineales a sistemas de flujos cíclicos, capaces de reponer energía y materiales a través de sus propios procesos. Es un cambio de lógica: de throughput a ciclos vivos.
Otra síntesis, más directa y contemporánea, contrasta sostenibilidad y regeneración así: pasar de “reducir, reutilizar, reciclar” a “restaurar, renovar, reponer”. Ese matiz, que parece semántico, es civilizatorio.
El problema con “ser menos malos”
Si tu modelo de negocio necesita extraer, agotar y descartar para funcionar, no importa cuánto optimices: el núcleo sigue siendo destructivo. La sostenibilidad fue una etapa necesaria porque introdujo responsabilidad. Pero la regeneración exige algo más incómodo: rediseñar el sistema entero.
- ¿Qué pasa si una ciudad no solo reduce emisiones, sino que aumenta biodiversidad?
- ¿Qué pasa si un edificio no solo “consume menos”, sino que mejora el aire, el agua, el microclima?
- ¿Qué pasa si la innovación ya no es “más rápido”, sino “más vivo”?
Hay trabajos recientes que exploran cómo el diseño regenerativo busca restaurar ecosistemas, apoyar flora y fauna local, e integrar soluciones como techos verdes y paredes vivas para biodiversidad.
La parte irreverente: la naturaleza es la tecnología más avanzada
Porque es eficiente, resiliente, adaptativa, circular. En vez de imponerle soluciones, el paradigma regenerativo propone aprender su lógica: ciclos, simbiosis, redundancia saludable, diversidad. El futuro, si es viable, va a parecerse más a un bosque que a una fábrica.
Y acá me pongo personal: como comunicador del futuro, a mí no me interesa la estética “verde” para quedar bien. Me interesa el cambio de mentalidad: pasar de dominar a coevolucionar.
Tres preguntas para cualquier creador, marca o proyecto
- ¿Tu proyecto deja el lugar mejor de lo que lo encontró?
No en discurso: en efectos medibles. - ¿Tu cadena de valor es circular o maquillada?
¿Reponés lo que extraés, o solo lo compensás? - ¿Tu innovación crea vida o solo reduce culpa?
Puede sonar duro, pero es una pregunta honesta.
El futuro que quiero imaginar
Yo no quiero un futuro moralista. Quiero un futuro más inteligente. Y eso implica aceptar que la regeneración no es un “departamento de sustentabilidad”: es el corazón de la competitividad futura. Porque si el entorno colapsa, no hay mercado, no hay cultura, no hay creatividad.
El futuro será regenerativo o no será no es una frase bonita: es un límite físico. No vamos a ser recordados por lo que produjimos, sino por lo que ayudamos a sostener vivo.
