Hay discos que nacen como proyecto lateral y terminan convirtiéndose en un punto de referencia generacional. Give Up (2003) es uno de esos accidentes felices que el tiempo se encargó de volver esenciales. Lo notable es que, más de veinte años después, sigue sonando íntimo, frágil y contemporáneo, como si hubiese sido concebido para durar exactamente lo que dura una emoción bien escrita.
The Postal Service fue, desde su origen, una anomalía. No una banda, sino una correspondencia. Ben Gibbard, en pleno auge creativo con Death Cab for Cutie, intercambiaba pistas por correo con Jimmy Tamborello (Dntel), quien construía bases electrónicas minimalistas, melancólicas, deliberadamente incompletas. Las voces y letras viajaban de un lado a otro en CDs y archivos: de ahí el nombre. Esa distancia física terminó siendo el corazón conceptual del disco. Give Up suena a espera, a demora, a mensajes que llegan tarde pero dicen exactamente lo que tenían que decir.
La producción es austera hasta el extremo, pero nunca pobre. Tamborello entiende el silencio como material compositivo: cajas de ritmo secas, sintetizadores suaves, líneas melódicas que evitan el clímax. Sobre ese andamiaje, la voz de Gibbard —casi siempre contenida, apenas quebrada— se vuelve el eje emocional. No hay virtuosismo técnico ni grandes despliegues; hay decisión estética. Cada elemento está ahí porque no sobra.
Canciones como “The District Sleeps Alone Tonight” funcionan como manifiesto: un comienzo que parece leve, casi inofensivo, pero que instala de inmediato el tono confesional y nocturno del álbum. “Such Great Heights”, quizás el tema más reconocido, logra algo difícil: ser pop sin renunciar a la melancolía, expansivo sin perder delicadeza. “Nothing Better”, con su estructura dialogada, expone la imposibilidad de entendimiento como si fuese una escena mínima de teatro doméstico. Y “Brand New Colony”, construida sobre un loop hipnótico, confirma que Give Up no necesita complejidad para generar profundidad.
Una de las anécdotas menos mencionadas —pero clave— es que el disco estuvo a punto de no existir como álbum. Originalmente, las canciones no fueron pensadas como un cuerpo unificado, sino como intercambios sueltos. Fue la insistencia del sello Sub Pop lo que empujó a darle forma final. Paradójicamente, esa falta de planificación es lo que le otorga su coherencia: Give Up no busca un concepto, lo revela.
La repercusión fue lenta pero constante. No fue un éxito inmediato de radio, sino un disco que se filtró en habitaciones, auriculares y madrugadas. Se convirtió en banda sonora de vínculos frágiles, relaciones a distancia, despedidas mal resueltas. En retrospectiva, anticipó gran parte de la sensibilidad indie-electrónica que dominaría la década siguiente.
En cuanto al sonido, Give Up envejeció mejor que muchos discos técnicamente más ambiciosos. Su rango dinámico moderado, la ausencia de sobrecompresión y la claridad de sus capas hacen que hoy siga resultando agradable tanto en formatos digitales como en vinilo. Es un disco que se beneficia de sistemas de escucha precisos: los detalles —reverbs largas, delays discretos, pequeñas imperfecciones— aparecen recién cuando el oído se aquieta.
¿Dónde está hoy The Postal Service?
En un lugar curioso. Durante años fue un proyecto dormido, casi mítico, reactivado solo en aniversarios específicos. En 2013 y luego en 2023, Gibbard y Tamborello volvieron a reunirse para giras conmemorativas, confirmando algo que ya sabíamos: Give Up no es un capítulo cerrado, sino un punto fijo al que se puede volver sin desgaste. No hay apuro por un nuevo disco, porque este sigue diciendo lo necesario.
Como fan y como crítico, siempre me llamó la atención que Give Up no intente ser trascendente. Su grandeza está en lo contrario: en aceptar la vulnerabilidad, en escribir desde la duda, en dejar espacios sin resolver. Quizás por eso sigue funcionando. Porque no explica, no concluye, no se impone. Simplemente acompaña.
Y en un mundo cada vez más ruidoso, eso sigue siendo un gesto radical.
