
Por Rob Martínez
Estoy sentado en un viejo bar de Buenos Aires. Siempre me pregunté qué es lo que mueve a las personas a trasladarse solitariamente a una mesa en un concurrido lugar. Considerando que si de trabajar se trata, un bar no sería el mejor lugar para mantener el control del ambiente, quizás lo creo porque suele resultarme difícil concentrarme cuando hay ruidos que no son convenientemente logrados por mí. Pero, aquí estoy. Luego de preguntarme tantas veces cómo podía ser. He pedido un café cortado doble, esos que hacen con esas cafeteras que te dan la sensación de que realmente hará que su sabor sea más intenso. No lo sé con exactitud, pero a mí me basta el sonido de esas cafeteras express de los viejos bares de Buenos Aires – Pausa para probar el “cortadito” Está caliente.
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Pero ¿es una especie de experimento social lo que hoy me trae a sentarme en solitario con mi notebook? No, es algo a mí parecer aún más curioso. Tendré una reunión con un cliente. Un inversor a quién debo presentar uno de los desarrollos de la agencia y que con tanto esmero logramos producir. ¿Qué es lo curioso? Bueno, estamos acostumbrados a las estructuras, a sentarnos en una sala de reuniones, en la frialdad o comodidad de una oficina. En este caso, no se pudo de esa manera. Quizás esta sea la mejor. Pausa para el café. Está en su punto ideal. Ese que te quema ligeramente pero que “aviva su sabor”.











