Por Rob Martínez

 A mi padre, por todo lo bueno y lo malo.

      Eran pasadas las diez de la noche, y caminaba expectante por el aeropuerto de Lisboa. Sentía algo, «un no sé qué», cierta familiaridad que no lograba comprender. Tomamos el camino largo hasta mi hotel y, a medida que avanzábamos, comenzaba a escuchar los sonidos y la entonación de un idioma al que, hasta ese momento, no le había prestado la suficiente atención. Sin esforzarme comenzaba a comprender cada palabra, advirtiendo que todas tenían una relación estrecha con el español. Eran sutiles, elegantes y, en cierta forma, nostálgicas; pero ¿por qué?

Mi padre era un tipo muy particular. En sus momentos de alegría era como si un país entero celebrara su independencia, pero, como ocurre con la vida misma, no todo era regocijo. Así pues, del mismo modo que podías sentir esa energía efervescente en sus momentos de dicha, cuando la tristeza tocaba su corazón, podías sentirlo aun en la distancia. En sus ojos brotaba siempre una melancolía que nunca logramos descifrar, y quizá no fuera necesario, solo había que estar ahí. Sin embargo, actuábamos con intolerancia y preferíamos alejarnos, por temor a que esto fuera contagioso. Así como mi padre, Lisboa me seguía demostrando que, entre sus calles de posguerra, se mantenían en pie detalles de gran belleza que convertían el paisaje en toda una experiencia capaz de hacernos imaginar historias que justificaran precisamente eso, la melancolía, pero también la amabilidad de sus escenarios.

Cuando a mi padre le gustaba algo, no había manera de que no te enteraras. Eso me sorprendía de él. Recuerdo su atracción por la panadería, la buena comida, la cerveza y la música «bien arriba». Sus detalles siempre estaban relacionados con esos elementos, si te dedicaba alguno de ellos, era porque significabas mucho para él. Esa mañana, yo estaba por desayunar en el hotel, pero, a falta de sorpresas, decidí buscar un buen café. No tuve que esforzarme demasiado, Lisboa está repleto de panaderías que ofrecen también el servicio de cafetería y restaurante, todo bajo el mismo techo, lo que me hacía recordar las grandes panaderías de la vieja Venezuela. Después de tanto tiempo en el exilio, me sentía en casa de nuevo.

A lo lejos se veía el mostrador con una variedad de dulces para acompañar el café. Yo no podía siquiera pensar en pronunciar sus nombres, así que me acerqué para dejarme tentar por alguno de ellos. Recorrí las bandejas con la mirada, pero, por unos instantes, dejé de ser quien era y me convertí en un pequeño de diez años, y mi padre estaba a mi lado. Él, con su bigote a lo Village People y su inseparable gorra, me preguntaba cuál era el dulce que quería. Y ahí estaba, un símbolo hecho postre por el que mi padre viviría eternamente en mi memoria: las bolas de Berlín, conocidas en Venezuela como «pavitas». Mi padre, a la salida de su trabajo, solía ir a una panadería cercana, en la que los dueños, una familia de inmigrantes portugueses, preparaban lo mejor de la pastelería de su país de origen. Así fue como, durante toda mi niñez y parte de mi adultez, mi padre llegaba cada tarde a casa con pan, leche, jugo de naranja y un postre para mí: la pavita. Él se encargó de que se convirtiera en mi postre favorito, y hasta el día de hoy lo sigue siendo. Desperté de ese recuerdo o fantasía, y no pude evitar preguntarme si el dulce sabor de lo portugués tenía alguna relación con esa sensación familiar que brotaba de mí. Aunque quizá había algo más.

La luz de la Lisboa moderna es como una foto instantánea a la que has logrado transportarte, siempre inmaculada, siempre orgullosa de su sonoro y amigable «obrigado». Además, es excéntrica, bohemia y, sin duda, diferente en muchos aspectos al resto de las famosas metrópolis de Europa. Lisboa es geográficamente intermedia, le da la espalda a todo el continente y mira, orgullosa, hacia el Atlántico, entre el fin de la tierra y el comienzo del océano. Así también era mi padre. Sin haber conocido al suyo, abrazó una vida repleta de matices que le permitieron compartir su belleza y humildad en dulces y equilibradas dosis, ya sea con la música instrumental de una banda de los ochenta, ya sea con la melancolía que trae el alcohol a quien nunca se sintió parte de algún plan.

Atrás quedó esa ciudad adoquinada —decorada con inspiradores azulejos, elegante y señorial, pero también tímida y deprimida—, que, sin saberlo, me despertó recuerdos que, por su color e influencia, hicieron revivir gran parte de todo aquello que mi padre sembró en mí, sin dudarlo. Ya habíamos estado ahí con mi padre mucho antes de que yo llegara.

Déjanos tu comentario

Suscríbete a nuestro Boletín.

Recibirás más artículos como este.