Sociedades complejas, relaciones, bienestar

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Por Sofía García Belmonte | Argentina

A medida que pasan los años, algunos valores van adquiriendo más importancia mientras que otros pasan a segundo plano.

Hoy día nos encontramos en un mundo en donde predomina el desarrollo tecnológico cuyo crecimiento resulta sorprendente y a la vez abrumador. Uno de los valores que nos parece que se  destaca en nuestros días es el de la independencia.

Así como el niño cuando empieza a caminar y a moverse de manera autónoma se siente sumamente orgulloso ya que esto le permite explorar más el mundo y dirigirse hacia las cosas que quiere alcanzar para, por ejemplo, calmar una necesidad, cuando logramos algún objetivo por nuestra cuenta y vemos aumentar nuestra potencia al accionar en el mundo nos sentimos contentos con nosotros mismos.

Sin embargo, ciertos valores pasados de su “punto justo”, suelen resultar perjudiciales.

Encontramos, dentro de quienes nos rodean, la idea de que en la vida uno tiene que arreglársela solo. Además son comunes expresiones como “hago la mía” o “hago a mi manera” que denuncian una tendencia particular a ignorar que vivimos en un mundo de interrelaciones en donde cada uno de nosotros es un punto de una red inabarcable.

A veces, desde el prejuicio de que mostrar la carencia y la necesidad  son signos de una debilidad que podría evitarse, solemos aislarnos aparentando que podemos solos. Tal vez, muchas veces, esto se deba al sentimiento inquietante de que no seremos comprendidos o de que lo que tengamos para contar no despertará interés en los demás. Otras veces, atrapados por un gran “temor a la dependencia” evitamos pedir ayuda, albergando la fantasía de que podemos vivir prescindiendo de los demás.

Resultan llamativas las actitudes que pueden surgir cuando ejercemos nuestra independencia: actitudes desconsideradas, invasivas y controladoras, que además de negar que el otro también tiene sus sentimientos y necesidades, funcionan desoyendo que los derechos de uno terminan donde empiezan los de los demás.

Resulta entonces muy iluminadora la idea que planteara el filósofo Tzvetan Todorov de que primero convivimos y luego vivimos, “la relación precede al elemento aislado”, esto significa que así como necesitamos del aire para vivir, la necesidad del otro es inherente a la vida, en otras palabras, tanto el pretender vivir aislado, como las actitudes egoístas, nos conducen a una vida en ruinas.
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