Educación, Literatura

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Por Ricardo Sosa | Argentina

La accesibilidad masiva a infinitos datos del mundo es un recurso inédito, ya que en ninguna otra época ocurrió algo semejante.

No cabe duda que las nuevas tecnologías han modificado nuestras costumbres. Es un curioso ejercicio de la imaginación pensar cómo era el mundo sin computadoras, un mundo no digitalizado. Incluso cómo se imaginaba el futuro algunas décadas atrás.

Son muchas y variadas las capacidades que ponemos en práctica cuando utilizamos una computadora u otros dispositivos electrónicos.

Esta posibilidad de hacer múltiples tareas tiene como consecuencia focalizar nuestra atención, aunque a veces puede dispersarla. Nos concentramos en una actividad, aunque en ocasiones estamos presos de un estado de expectación dirigida hacia las señales que provienen de ciertos aparatos.

Sin embargo, esto no es algo negativo en sí mismo, ya que en cualquiera de los dos casos se trata de estímulos para el cerebro y, como sabemos, una de las características de este órgano es que puede transformarse al desarrollar nuevas habilidades, como ocurre cuando aprendemos un nuevo idioma o un instrumento musical.

El mundo cambia permanentemente y la última de las revoluciones culturales, la de los nuevos medios masivos de comunicación impacta de lleno en las nuevas generaciones, algunas de ellas ya nativas digitales. Y cuestiona el rol de los padres, de la familia, de la escuela y el de los docentes: qué enseñar y, sobre todo, cómo hacerlo.

Precisamente la posibilidad de acceder en todo momento y en todo lugar a los intercambios virtuales se ha transformado en un nuevo obstáculo para padres y educadores que también han copiado las costumbres de sus hijos. Porque la hiperconectividad es atrapante, aunque en un sentido sea un medio y no un fin. Y otra de las consecuencias es que solemos estar conectados por el sólo hecho de estarlo, tratando de enterarnos al momento del más trivial de los hechos. ¿O será la nueva imposibilidad de disfrutar la soledad?

Relacionado con el hábito de leer, la multiplicidad de estímulos que reciben los chicos puede interferir en la comprensión de un texto, ya que están más acostumbrados a los mensajes breves y simples que a enfrentarse a un cuento o a un tema de mediana extensión. Situaciones a las que la escuela los expone diariamente. Y sabemos que la alfabetización es sobre todo saber hablar, leer y, fundamentalmente, comprender lo que se dice y lo que se lee. Algo básico para el resto de la vida, se traten de letras o de números.

A lo largo del tiempo los seres humanos hemos adquirido la inmensa capacidad de crear e interpretar signos escritos para lo cual ponemos en práctica múltiples recursos mentales. La paradoja actual es que si bien hay una preponderancia de lo visual, no podemos prescindir de la lectura, ya que el acceso a la red permite que tengamos a nuestra disposición miles de textos y que las redes sociales también funcionen como usinas de palabras. O sea, pese a vivir en un mundo eminentemente visual, nos vemos obligados a leer más. Y mejor, ya que podemos seleccionar entre distintas fuentes de información… leyendo.

En conclusión, no debemos dejar pasar la posibilidad de hacer rendir al máximo el cerebro de los chicos desde los primeros años de vida. Para ello debemos hacer que las nuevas maneras de obtener información se transformen en excelentes aliadas que favorezcan esa actitud tan celebrada en los niños y a veces olvidada por los adultos: la curiosidad, parienta muy cercana de la imaginación y de la fantasía. Pero, sobre todo, algo sumamente valorable para tratar de conocer y comprender el complejo mundo de hoy.

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