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Por Lionel Fabio | Argentina

Muchas veces, en la trayectoria del pasado, se entrelazan historias irrepetibles

Protagonizadas tanto por individuos como por naciones, cada historia construye con fragmentos de vida, un relato. Teñidos con sentimientos subyacentes; cargados de ideales; forjados en la lucha, de poderes dominantes y dominados.

El tiempo encuadra la narración, encauzándola en relaciones particulares, dinámicas de causa y efecto, que se conectan condicionadas por ese momento en la historia. No hay otra cosa en el tiempo más que su capacidad para condicionar la existencia. Sin principio ni final, carente de existencia autónoma, el tiempo es solo una representación mental de la continuidad de la vida a través del cambio, que propone y explica, a través del tiempo, un punto singular en el proceso de transformación. A partir del concepto del tiempo se explica el cambio.

Y es, en esos fragmentos, donde emergen protagonistas irreemplazables, con virtudes que se reflejan en el marco de ese tiempo que los determinan. Se construyen circunstancias que potencian ciertas aptitudes que despiertan a mártires insospechables.

El hombre siempre pretende ser “alguien”, aferrarse a la identidad irrisoria de un ideal prefabricado, pero, en ultima instancia, no es más que un hombre y aunque mucho logre condicionar su historia, ese marco en el que se sitúa lo transforma, condicionado por el proceso del cambio, que modifica sus actos excediendo su conciencia. Determina el significado de sus intenciones participando activamente en el resultado de sus actos.

En el único instante en el que su accionar le pertenece es en el presente. En el momento en que esa acción se sumerge en el inmenso contenido del pasado comienza un proceso de transformación y reelaboracion perpetua sobre el argumento de esa acción. Si trasciende, se ubica como un factor activo de un acontecimiento mayor, y agudiza, de esta forma, la profundidad de ese cambio, dejando de ser por ejemplo, una palabra de afecto a un compañero, para transformarse en “los hermanos caídos pelean contigo”, palabras de un soldado Argentino a otro, en la guerra de Malvinas, donde se encarna el sentimiento de una nación dolida y cuyo patrimonio ya no le pertenece a ese soldado únicamente sino que se incorpora a una conciencia colectiva sobre un hecho que determinó la historia de un país.

Hay fragmentos de historia que poseen un peso específico mucho más determinante que otros

Es como si el transcurrir natural del tiempo se condensara en momentos de absoluta relevancia. Como los agujeros negros de Hawking, donde el tiempo se “comprime” y pasan años en minutos, hay momentos específicos en lugares específicos, donde se forjan historias de años, en pocos minutos. Sucesos que transcurren en periodos relativamente breves pero que condicionan la existencia para siempre.

El legado de las guerras mundiales trasciende generaciones e incluso a las naciones participantes. Puede encontrarse hoy en las memorias de cualquier ciudadano del mundo y es incluso material de formación casi universal, objeto de un constante revisionismo histórico.

Pero cada episodio en el tiempo es parte de un proceso de cambio, un recorrido que no es autónomo, sino que se deriva de una experiencia que lo antecede. Un hilo conductor de variables múltiples y complejas que se conectan siempre de forma única, dando a luz a acontecimientos inusitados que contienen en su esencia misma, fragmentos del pasado.

Si encontramos, en cada suceso, fragmentos del pasado, y, en ese pasado, fragmentos de acontecimientos anteriores, podemos entender que, en cada suceso, se encuentra la historia completa con elementos subyacentes que, aunque parezcan irrelevantes, están allí y, aunque puedan pasar miles de años, tal vez, en una combinación determinada de esas variables antecedentes, puedan volver a adquirir una relevancia inimaginable.

Cuando una circunstancia abandona el presente volviéndose un elemento del pasado, permanece únicamente en el plano de las ideas, alejándose de la experiencia física concreta. Esa experiencia, se transforma en una idea que posee cierta independencia respecto de la experiencia que le dio origen, lo que le permite permanecer y transmitir. No son las experiencias las que poseen la capacidad para viajar en el tiempo, sino la ideas.

La capacidad que tiene el tiempo de reproducirse a través del cambio reside en esa posibilidad de reinventarse utilizando elementos del pasado perpetuamente. Si observamos la influencia de los pensadores más importantes de la historia de la humanidad podemos ver claramente que los fragmentos del pasado se ocultan subyacentes hasta que en otro tiempo y otro espacio vuelven a tomar protagonismo.
Aristoteles construye una idea basada en su observación y en la producción intelectual de su experiencia donde sostiene que el hombre es un animal político por naturaleza. Milochocientos años después, Maquiavelo se posa sobre esa idea para sostener la naturaleza del mundo político y social y la necesidad de elaborar una teoría política que le permita al hombre fundar la sociedad mediante un acto unificador de su voluntad.

Hobbes, Locke y Rousseau fundan esa teoría política que constituye el pensamiento filosófico moderno y acompaña el nacimiento de la Ilustración, movimiento que encauzará en la Revolución Francesa de 1789, quebrando un paradigma social y político para siempre.

La historia se esconde tras el velo del presente donde toma múltiples formas que conforman la trayectoria del cambio inacabable, insondable. La totalidad en el cambio y el cambio en la totalidad.

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