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Por Melina Rigoni | Argentina

Primera parte

Conocí la isla hace tres años, cuando fuimos a pasar Año Nuevo con unos amigos a Rio de Janeiro. En esa oportunidad estuve apenas tres días, suficientes para enamorarme. El verano siguiente volví, esta vez por 15 días, y tuve la enorme fortuna de conocer a Naira.

¿Cómo describirla?

Capitana de barco, pescadora, artesana, estrela guia y dueña de Recanto das flores, la posada más bonita de Ilha Grande. Generosa, emprendedora, divertida. Ella guarda la memoria de su gente en carpetas prolijamente organizadas y en los cuadros que pide por encargo mandando copiar sus fotos antiguas. Testimonios que logró recuperar de aquél fotógrafo carioca encantado con la isla. En su casita caiçara preserva viva las costumbres y tradiciones, los rostros y las historias de la Villa de Abraão.

En esa ocasión, Naira nos propuso volver para dar la vuelta a la isla caminando, aventura que por cuestiones climáticas no es conveniente realizar en pleno verano.  Así, encantados con la invitación, volvimos a viajar en agosto del mismo año para recorrer la isla.

La Isla Grande (en portugués Ilha Grande) es una isla de Brasil situada frente a la costa del estado de Rio de Janeiro. Forma parte del municipio de Angra dos Reis. Su principal área urbana es la Vila do Abraão, con cerca de 3.000 habitantes, conocida como la «capital» de la isla.

Tiene 192 km. de orla marítima adornada con más de 100 playas. Un verdadero paraíso con pocos años en su haber como destino turístico debido a que hasta 1994 funcionó allí la Colonia Penal Cândido Mendes, un presidio de máxima seguridad.
Conforman su paisaje áreas de extensa vegetación e incluso selva muy tupida, morros, planicies, ríos y grutas.
El medio de transporte que predomina es acuático. En la isla no hay automóviles ni transporte terrestre a motor, sólo está permitido andar a pie o en bicicleta.

Volvimos a la isla el 3 de agosto y organizamos nuestra partida para el día 6. No contábamos con mucho tiempo para realizar la travesía ya que, por diversos motivos, Naira no podía ausentarse mucho de su hogar.

Muy temprano a la mañana partimos con rumbo a Dois Rios (donde funcionaba el presidio, una de mis playas favoritas), éramos 4: Naira, su encantadora prima Rossita, mi marido y yo.

Desde el comienzo experimentamos la enorme ventaja de viajar con una guía local, ya que poco después de empezar a caminar, Naira nos condujo por un atajo invisible a los ojos de los turistas, contándonos que era el camino que hacían los familiares de los presos cuando venían a visitarlos. Una picada entre cañas de bambú enormes.

Cinco horas después nos detuvimos en una gruta para almorzar.  Es imprescindible llevar provisiones y mucha agua porque los senderos, la mayor parte del tiempo, no pasan por los lugares habitados, que de todos modos son escasos. La mayoría de los caminos no están señalizados  y este es otro motivo fundamental para contar con un guía local. Por otra parte, recorrer la isla con alguien del lugar nos permitió probar frutos silvestres que nunca hubiésemos descubierto por nuestra cuenta; o presenciar el cortejo del tangará, una ave pequeñita que se reúne en grupos de varios machos para danzar en círculos alrededor de la hembra (como una vuelta al mundo en miniatura) haciendo chasquidos con sus alas, hasta que la hembra emite un  sonido, la rueda se detiene y todos los machos emprenden el vuelo menos uno, el elegido para aparearse.

Así, maravillados con la naturaleza, alrededor de las siete de la tarde, llegamos a Parnaioca, una hermosa playa de mar abierto. Allí  nos recibió Doña Marta, amiga de Naira y dueña de uno de los dos camping que existen en esa parte del paraíso. El lugar estaba casi desierto y la temperatura era muy agradable. Ideal para meterse al mar o disfrutar del sol y más fresca a la noche, permitiéndonos dormir tranquilos, arrullados por las olas.

La mañana siguiente, fuimos con Naira a pescar langostinos de río a una hermosa cascada de aguas cristalinas oculta entre el espeso follaje. En el camino de vuelta, juntamos unas ramas flexibles con las que Naira fabricó –utilizando una técnica que le enseñó su padre- un hermoso cesto para regalarnos.

También tuvimos tiempo de visitar a Don João, el casero de una propiedad cuyos dueños ya casi no frecuentan. Quien a pesar de su avanzada edad, de la soledad y de su escasa visión, se niega a abandonar su puesto.

Luego de un necesario descanso y de un delicioso desayuno con frutas, limonada, plátano cocido, mandioca y el infaltable mate, emprendimos la marcha rumbo al sur.

Atravesamos morros, lagunas y vastas playas de arenas blancas, hasta llegar a la Piedra del Demonio, una formación rocosa y resbaladiza que ya provocó algunas tragedias. Después de cruzarla con mucha precaución, arribamos a Aventureiro, una de las playas más visitadas por los paseos en scuna, la embarcación turística más conocida de Brasil.

Teníamos por delante una pendiente muy empinada que nos llevaría a Provetá, colonia evangelista; así que descansamos un poco, comimos algo y nos preparamos para lo que sería la parte más difícil de la travesía.

Continuará…

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