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Por María Francia Fernández | Argentina

No es fácil digerir, que todo aquello que atraemos nos refleja, pasa que cuando nos encontramos en las arenas amorosas existe una gracia especial donde todo brilla, cuando atraemos a un ser a nuestra vida y hemos dejado que las emociones broten, donde experimentamos ese sentimiento de pertenencia y deseamos permanecer en él, después de ese momento que necesitamos mirarnos uno al otro, y que el sentido pasa hacia algún lugar común, la tarea consiste en aprender a amar, integrar y gozar lo real entre ambos.

Lamentablemente estamos tan contaminados de referencias, donde lo que aprendimos sobre la pareja emocional siempre estuvo asignada por la lista de chequeos, donde creo que es lo mas perverso para plantearse una relación o por lo menos querer introducirse en ella, y traducimos que esta lista debe ajustarse a cómo está físicamente esa persona, o si sexualmente es ardiente, o si económicamente es estable, por ahí vamos bien, nos decimos, y empezamos a tildar tales expectativas, y seguimos llenando esa lista de ideales: si le gusta el campo, los animales, si es huérfano para no tener que lidiar con los suegros, y cuando pasa que no, asumimos que no es el candidato o la candidata esperada: “éste, ó, ésta no es”; en lugar de pensar que ahí empieza nuestro trabajo de aceptación, porque de lo contrario perderemos a ese ser que ya empezó a ser reconocido y albergado en esperanza de calidez existencial, pienso que llegado ese momento deberíamos despedirnos con cariño de nuestras idealizaciones, quizá para descubrir, maravillados, que la entrega a lo real multiplica y refina nuestra alegría interior, porque de lo contrario, no solo es perderlo, sino que estaremos condenados a repetir esa situación en otra persona.

Cuando se es capaz de aceptar con una mirada mas cercana a cómo es en realidad el otro en todas sus dimensiones y sus imperfecciones, se entra en una vibración que permite entrar en relación y decirnos: tu eres así, quizá muy distinto a mi, quizá en ciertas cosas no se como hacer, tu no te pareces mucho a lo que yo soñé, sin embargo se que eres el amor que yo necesito, y a partir de eso que acepto de ti, busco espacios donde integrarme, para no perder la esencia que ese ser vino a mostrarme para trabajar en mí a través de él, llámese mi intolerancia, mi incomprensión, mi inflexibilidad, mi impaciencia, mi falta de aceptación por cosas en las cuales no comulgo con ese ser, y dentro de esos parámetros mas reales nos vamos a ir moviendo sabiendo que somos diferentes pero que sabemos que estamos buscando lo mismo, ya que en la pareja nos une justamente lo que nos separa, pero desde este espacio privilegiado que nos ofrece la posibilidad de crecer a través de la integración y lo ajeno.

Mi pretensión en esta ocasión es aportar un poco de luz en sus asuntos afectivos, que al momento de elegir a alguien para un camino común, también haya aceptación: su historia, su pasado, sus orígenes, sus valores, su cultura, sus temores, emociones, heridas, talentos, etcétera, y puedan trabajar las diferencias de esa persona que resuena con ustedes, porque en el amor de pareja no hay buenos ni malos, ni culpables ni inocentes, lo que hay son buenas y malas relaciones: que nos enriquecen y nos empobrecen, hay buen y mal amor, y el buen amor se reconoce porque en él somos exactamente como somos y dejamos que el otro sea exactamente como es, y sobretodo, porque produce bienestar, motivación e impulso, que nos permite ir abriendo más y más nuestro corazón.

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