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Por Pía Roldán Viesti | Argentina

Es cada día más habitual escuchar sobre Acompañantes Terapéuticos y su progresiva inclusión dentro del Sistema de Salud. Pero cuando preguntamos sobre la función o el rol que cumple, pocos saben aproximarse a una respuesta.

El acompañamiento terapéutico siempre existió. La diferencia respecto a lo que ocurre actualmente, radica en que está comenzando a ser reconocida la necesidad de su inserción en los tratamientos, por ser evidente que las instituciones encargadas de la atención de la salud mental no cuentan con las adecuadas herramientas para el tratamiento humanitario y resocializador de los seres humanos afectados por los diferentes sufrimientos subjetivos.

Tal vez los diagnósticos -desde la óptica médica- sean los mismos, pero el dolor de cada enfermo es singular, y es sobre éste que se debe trabajar para lograr mejorías. Es entonces cuando se erige la figura del AT como aquel profesional que se prepara para trabajar en lo cotidiano, para acompañar al paciente en el día a día, para escucharlo, para –estratégicamente- mostrarse como un “amigo” cuando lo cierto es que está cumpliendo una función delimitada y fundamental en la recuperación.

Podríamos decir que es un amigo que no devela nunca su posición y que –al mismo tiempo- la pone en juego en cada intervención, en cada apretón de manos, en cada paseo, en cada café, o cada vez que –escuchando el mismo relato tal vez monótono o desorganizado- se alegra por el simple hecho de estar siendo parte de un vínculo transferencial basado en el amor y la empatía. Es vocación de servicio y amor al prójimo, sentido y reconocido como un par.

Pero esto no es del todo nuevo, como mencionaba anteriormente. Ya Dorothea Lynde Dix –activista estadounidense a favor de los enfermos mentales indigentes- mientras trabajaba para lograr que el Estado desempeñara un papel directo y activo en el bienestar social, comenzó a contratar a personas locales para que atiendan a las que padecían trastornos mentales que les impedían cuidar de sí mismos, y que carecían de familiares y amigos como contención. Ya para este entonces, esta situación –al no ser reglamentada y con un empobrecido sistema de fondo – produjo un abuso generalizado.

¿Qué es lo que pasa actualmente? ¿Por qué motivo ante tanta necesidad no hay una regulación e información sobre la importancia del acompañamiento terapéutico?

La nueva Ley Nacional de Salud Mental N°26.657 del año 2010, expresa su espíritu de cambio y su afán por plantear un nuevo abordaje de la salud mental, que implica “romper” con las cadenas del hospital psiquiátrico, proponer nuevos dispositivos alternativos y apuntar fehacientemente a la reinserción y rehabilitación de todos los seres humanos.

Lo que no se tuvo en cuenta es que el AT es un dispositivo alternativo de reinserción social: Estamos ante un agente de salud que se ubica para actuar en todo aquello que es cotidiano; estamos frente a un actor social que se supone capacitado para operar sobre lo subjetivo, lo vincular y lo social, creando un espacio que el paciente pueda sostener desde sus posibilidades.

Pero digo “se supone” porque no existe un reconocimiento específico de la función del AT que garantice una formación también específica. La capacitación es fundamental, y requiere conocimientos puntuales de psicología, psiquiatría, legislación, primeros auxilios, psicofarmacología y demás materias que hacen a la integridad de su preparación.

Lo problemático es que -al no estar regulada la profesión- las formaciones son demasiado heterogéneas y el nivel de preparación deja bastante que desear… “¿Para qué Filosofía? ¿Para qué psiquiatría? ¿Para qué primeros auxilios si no son médicos? ¿Para qué psicología si no son psicólogos?

Esto no sólo es un error gravísimo sino que es la apología de un “achatamiento” académico, lo cual trae mala praxis, complicaciones e indefinición del campo de trabajo. No hace falta necesitar la aplicación de ciertos conocimientos de manera directa para que sean útiles, pero si es necesario aprender sobre otras disciplinas para aprender a diferenciar qué hacer y qué no hacer. El conocimiento se construye y es integral. Hace falta formación para poder pensar, para intervenir correctamente, para conocer los propios límites y para proteger y protegerse a uno mismo en el desempeño de actividades laborales que son –efectivamente- delicadas y angustiantes.

El ejercicio del acompañamiento terapéutico como profesión requiere lo siguiente:
Adecuada formación de acuerdo a los lineamientos establecidos por el Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires
Formación por profesionales competentes a través de programas curriculares que se adecuen a las necesidades que la función requiere y que pueden tomar lo establecido por el Ministerio de Salud de la Provincia como referencia (teniendo en cuenta que en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires no hay regulación).

Prácticas en Instituciones que permitan que el futuro profesional o profesional en ejercicio se capacite en lo específico de su función, siendo supervisado constantemente por un equipo de salud.

Supervisión técnica.

Supervisión analítica.

Pero ¿De qué hablamos cuando nos referimos a las supervisiones?

El Acompañante Terapéutico trabaja PARA Y CON el paciente, pero responde a los lineamientos establecidos necesariamente por un equipo de salud o por un profesional de la salud mental matriculado. Su trabajo artesanal requerirá que logre “transformar” estrategias planteadas interdisciplinariamente en intervenciones que no excedan su función. Este será el verdadero arte para el que el AT estará capacitado y que hará la diferencia respecto de los que ejerzan otras disciplinas.

Un Acompañante Terapéutico no es un simple “acompañante”. Es –como indica su nombre- “terapéutico”. Esto implica que su compañía está fundamentada en la necesidad de cierto tipo de cura. Aun cuando el paciente sienta que se trata solamente de una presencia, su rol es mucho más que esto. Justamente podríamos decir que lo paradójico es que “interviene” sin trabajar desde ninguna disciplina que aplique intervenciones planificadas. Trabaja como especialista en improvisación. Y “lo terapéutico” es su capacidad y competencia para erigir su presencia en armonía con la “música” que despliega el paciente.

Pero para poder trabajar correctamente es FUNDAMENTAL que se realicen frecuentes supervisiones tanto de las técnicas de trabajo como de los conflictos psíquicos que acarrea indefectiblemente el trabajo del AT.

La supervisión técnica se define como aquel encuentro basado en un “encuadre”, realizado en un espacio físico (que puede ser individual o grupal) semidirigido por un profesional capacitado, con la finalidad de revisar y discutir si se han llevado a cabo las indicaciones sugeridas al acompañante, si han surtido el efecto deseado, y si es necesario rever la dirección del tratamiento. Implica planear –asimismo- los objetivos generales y específicos, evaluar si fueron logrados/no logrados/logrados con apoyo, así como también la entrega de informes redactados por el acompañante con el fin de adjuntarlos a la historia clínica del paciente (firmado y sellado por el AT).

La supervisión analítica se define –en cambio- como aquel espacio “terapéutico” en el cual un profesional especializado en análisis psicológico trabaja conjuntamente con el acompañante para revisar aquellas cuestiones contratransferenciales que puedan obstaculizar el correcto desempeño de la función. Debe realizarse con una frecuencia mensual (en caso de no presentarse situaciones puntuales que requieran una mayor cantidad de encuentros), es OBLIGATORIA para el trabajo responsable de los acompañantes y tiene como finalidad que la relación entre el paciente y el profesional se despliegue en un marco de seguridad, sanidad y seriedad. Todo trabajo basado en los vínculos terapéuticos DEBE contar con supervisión analítica para evitar efectos iatrogénicos y que cuestiones individuales puedan inmiscuirse y dañar el psiquismo del acompañante, menoscabando el cuadro psicopatológico y/o el tratamiento del paciente.

La ética profesional no se limita al secreto profesional y a la asistencia al lugar de trabajo. Incluye la responsabilidad con que se asumen las tareas, lo cual implica reconocer los propios límites, reconocerse como seres humanos con cuestiones subjetivas que pueden interferir el sano funcionamiento de la transferencia, y el conocimiento –como profesionales autónomos- de que se trabaja en un campo complejo que requiere capacitación y análisis constante.

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