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Por María Francia Fernández | Argentina

Comencé una nueva vida teniendo que desprenderme de mis afectos, de mis cotidianas costumbres, de mis aromas preferidos y del tropical sol de mi tierra.

Esa experiencia para alguien sensible como yo representó un intenso dolor, y sé que quienes hayan tenido que transitar ese puente imaginario que va desde su tierra natal a su nuevo hogar lo comprenderán como también al tipo de reto a que me enfrentaba. Para quienes no lo hayan experimentado trataré de acercarles mis sensaciones  y experiencias.

He tenido que meter lo que entraba de mi vida en una maleta de tan sólo 23 kilos, y como contrabando llevaba las imágenes, aromas y sonidos como yerra en mi piel y en mi mente.

Desde que decidí partir fui aprendiendo que no podía llevarme todo conmigo y que debía comenzar a soltar, y así sin más te llega entonces el momento de aceptar o de resignarte a que hay que dejar de aferrarnos a muchas cosas del pasado para poder volar ligeros.

Compactar tu vida en una maleta sirve para ayudarte a emprender otra sin pasado, sin prejuicios, sin rutinas, sin frustraciones, sintiendo que lo único que te reconforta es sentir que tu corazón tiene capacidad ilimitada pero que el no carga sobrepeso, entonces es cuando echamos mano a los afectos y los buenos momentos que tenemos guardado en la memoria porque serán esos a quienes recurriremos para infundirnos fortaleza para continuar.

Si hubiese una maleta lo suficientemente grande y una aerolínea permisiva uno llevaría consigo a sus padres para que nos proteja y nos cuide, a los hermanos para que nos hagan compañía y nos apoyen; pero no, lamentablemente no, al nuevo destino, sólo llegas con tus 23 kilos y la certeza que todo lo que te propusiste cambiar, cambiará.

Debo reconocer que por momentos me sentí tentada a desistir al viaje y lamentarme en el caso de que algo no saliera bien pero como una bengala en la oscuridad mi mente se iluminó y echó mano a aquella máxima que nos recomienda ver la película completa, es decir: vivamos la experiencia plenamente porque esa es la preparación para algo mejor.

Entonces entendí que todo crecimiento interior pasa por fortalecer la mente, porque afrontar situaciones extremas conlleva una dosis de  fortaleza, confianza en sí mismo, y la serenidad para esperar que los cambios se produzcan a su debido tiempo.

¿Seguramente se preguntarán cómo lograrlo,  verdad?

Y resulta que cada cual lo hará a su manera tomando las experiencias vividas y los consejos que más le sirvan. En mi caso he tomado la escritura como una herramienta para calmar los pensamientos negativos transpolándolos a positivos, haciéndome carne en ellos y soltando los miedos que me paralizaban.

Si algo falla no busques culpables: busca soluciones, porque aunque no lo creas la vida siempre te ofrecerá otra oportunidad, así que aférrate a eso ya que con ella de aliada todo fluirá mejor; y por favor, toma a las dificultades como parte del entrenamiento.  ¿De acuerdo?

Hace poco un amigo me preguntó cuál es mi razón para no regresar a mi país y mi respuesta fue: sólo un ápice. Esta fue una pregunta lo suficientemente importante que me hizo bucear en ella y a la vez usarla como disparador para escribirles estas líneas.

Sobre esta experiencia que les narro sé que no he tomado riesgos innecesarios, sí que he decidido concienzudamente sabiendo  que cada una de ellas implicaba arrojo pero convencida de que su resultado iba a ofrecerme buenas recompensas, y ahhh…  se me olvidaba decirles que: tener certeza es tomar la decisión de no dejarnos atribular por algunas situaciones y sentirse seguros, confiados y serenos de que somos merecedores de todo lo bueno, bello y enriquecedor que nos ofrece la vida.

Las manecillas han girado muchas vueltas, tantas que ya han pasado casi dos años, en la que sucedieron cosas tristes y otras muy lindas. El tiempo y la vida me ofreció cosas de que aprender, entre ellas que podemos elegir de quien tomar los ejemplos para luego salir adelante. También que cambiar de opinión es sano, mientras que antes yo decía eso de: …“¿cómo, no era que tú decías tal cosa…?”, mientras que hoy con toda tranquilidad digo: ..”sí, antes decía eso, pero ahora pienso y digo esta otra.”

Estamos acostumbrados a tener una idea y pareciera que si uno la cambia está cometiendo algún tipo de infracción. ¡Qué tontería! que regla más insana que nos hemos autoimpuesto.

Cambiar de opinión es sano. Es lo que nos hace vivir, elegir cómo pasar cada día, pensar qué clase de vida quieres para ti y para tu país, y que cosas  ya no te gustan.

Si existe la oportunidad, las condiciones o la razón que sea como para empezar, por ejemplo, tu vida en otro lado eso tampoco es malo: eso es crecimiento, es ganas de superarse, es querer progresar, es aceptar que no tienes lo que quieres y que tienes el coraje de ser los suficientemente sincero como para planteártelo e ir por lo que quieres para ti.

Lo mejor que podemos hacer entonces es ser honestos con uno mismos porque el entorno puede darte muchas cosas, pero la persona que va a estar el resto de tu vida a tu lado va a ser tu propio yo.

Desde niña hice mía la sentencia que dice: …“Dios proveerá”, y hoy puedo asegurarles que no me he equivocado. Por supuesto que no me he sentado a esperar que llueva café del cielo, demás está decir que no es nada fácil, pero ese pensamiento me ha servido para darme la suficiente confianza para asumir compromisos, andar por los distintos caminos de la vida y aceptar retos con la seguridad de salir airosa.

Ese es un trabajito necesario que debemos tomar, y como todo trabajo realizado con responsabilidad y esfuerzo con el tiempo se verá que la experiencia valió la pena.

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