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Por Sandra Huayanay | Perú

Mi cama y yo nunca habíamos tenido una relación tan larga. Después de este agobiante y horrible verano, solo quería estar dentro de mis sabanas y no salir de ellas nunca.

Nunca

Y eso parece ser el efecto del invierno en mí ahora. Antes no era así. Estaba feliz que el invierno viniera, eso me permitiría desempolvar mis largas chaquetas y combinarlas con mis chompas de lana, ponerme alguna chalina y salir a la calle a explorarla como aquella caricatura de cabellos cortos y mochila juguetona. Ese era mi invierno. Sentir el golpear de mis botas con los charcos de la llovizna limeña, sentir que las gotas caen sobre mis cabellos rebeldes y alborotados, sentir que algunas desean estar sobre mi rostro y, sobre todo viendo cómo se deslizan entre los dedos de mi mano. Ése era el invierno que tanto esperaba.

Pero, ¿Qué me ha pasado esta vez? ¿Por qué ya no siento la misma emoción que sentía cuando venía el invierno? ¿Será que esa estación del año no ha vuelto a ser la misma divertida y gris que era? ¿Será que mi soledad y yo nos hemos cansado de explorar a una Lima en invierno? No lo entiendo.

Un día, decidí que en mis momentos de insomnios pensaría en ello a ver si así me daría algo de sueño. Pero en vez de devolverme el sueño, me trajo más cuestiones y dudas existenciales que jamás había tenido. No sé si había hecho bien. Ese día, solo dormí cuarenta y cinco minutos y tenía que estar en el trabajo a las ocho de la mañana. La pasé mal. La cafeína no hacia ningún efecto sobre mí. Había perdido mi inspiración.

Me quedaba en casa, veía la tele, ya ni escribía ni salía a los museos. Nada. Un día cambiando de canales en la tele, encontré un pequeño reportaje sobre Jean Paul Gautier y su exposición en el Grand Palais en París. Quedé maravillada y asombrada con tanta imaginación y belleza de sus creaciones, que no me di cuenta que había cambiado de posición capullo en el sofá a estar sentada y sin pestañear. Había más cosas por descubrir, pensé. Dejé esa zona de confort y me metí a la ducha. Me cambié y peiné como si saldría a buscar al futuro. Labios rojos y mi chaqueta estilo marinero favorito iban a acompañarme en esta locura solitaria. No sabía a donde iría. Cuando llegué al paradero, sólo se me ocurrió un lugar a donde ir: el Centro de Lima. El camino se hizo un poco largo, pero caminar sobre la ciudad me devolvió esa inquietud que antes solía tener. Si bien no había lluvia, el viento se convertiría en mi aliado. Este decía “al este”. Ahí me dirigí. Sonreí.

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