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Por Julian Lambert | Argentina

Argentina, la gran productora de momentos y escenarios salvajes

Escasos días han pasado desde que la película argentina Relatos Salvajes se convirtiera en una de las cinco nominadas al premio Oscar a mejor película de habla no inglesa. Claro, poco nos acordamos de aquello hoy en día los argentinos porque no hay Oscar, ni BAFTA, ni Grammy capaz de “premiar” la realidad. Nuestra realidad. Aquella que de relato no tiene nada, pero de salvaje y brutal lo tiene todo.

La violencia y la desidia como estandartes del argentinismo son emblemas que bien merecidos se lo ha de tener un país condenado al éxito (Duhalde dixit) en el que, paradójicamente, no se suelen cumplir las condenas. Los tragicómicos episodios del ternado film poco tienen que hacer ante semejante maraña de acontecimientos que dejaron al descubierto abruptamente los denominados “sótanos del poder”, ese espacio de la política que trasciende inescrupulosamente lo formal y legal.

El pasado 18 de enero fue hallado muerto en su departamento de Buenos Aires el fiscal federal de la Nación Alberto Nisman, quien estuviera a cargo de la investigación sobre el atentado contra la sede de la institución judía AMIA, el mayor acto terrorista de la historia argentina que lleva 21 años de impunidad. Lo curioso es que el malogrado fiscal se preparaba para presentar en el Congreso Nacional una acusación contra la presidente Cristina Fernández de Kirchner y otros funcionarios por encubrir a acusados iraníes mediante un pacto espurio con el país islámico. Cualquier semejanza con la ficción es… lamentable.

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La consternación generada en pleno verano argentino es profunda y deja flotando en el aire la sensación de que nada ha cambiado, y que la corrupción y la mafia, más argentinas que el dulce de leche, siguen enquistadas allí, en lo alto de la pirámide del poder.  Un realismo mágico digno de García Márquez decora la tragedia: periodistas siendo escrachados en las cuentas de Twitter gubernamentales oficiales, una victimizada presidente deslizando y retractando teorías por Facebook como cualquier parlanchín de bar, un fiscal muerto cuya vida privada es sometida a denigración y exposición pública, un incontable séquito de funcionarios vociferando a coro inverosímiles teorías de complot y golpe de Estado. Volvé Gabo, volvé.

Relatos Salvajes nos muestra la barbarie de episodios cotidianos que se van de las manos, evidenciando lo delgado de la línea que separa la cordura de la locura. Esa cordura resquebrajada, llevada a las más altas esferas del poder, arroja episodios como el ocurrido en este nefasto enero. La línea divisoria entre el bien y el mal en esos niveles es igual de fina que la que atraviesa nuestras conciencias, aunque las consecuencias son exponencialmente peores. Vaya si lo sabrá el país en el que las decisiones de unos pocos con la complicidad o indiferencia de millones han hecho estragos sociales e institucionales de todo tipo a lo largo 200 años de historia. Somos gente con experiencia, por no decir expertos en la materia.

La polaridad de los personajes salvajes de la ficción se traduce hoy en una sociedad profundamente dividida en dos bandos antagónicos a los cuales solo les falta agarrarse explícitamente a trompadas.

Somos un gran relato salvaje victimas de nuestra propia ceguera y fanatismo. Ya veremos que dice la Academia, pero dudo que haya, tristemente, mejor película que la que nos toca vivir. Temo ver el final. Ojalá fuéramos meros espectadores que al salir del cine volvemos a nuestras vidas apacibles. Ojalá.

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