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Por Joale Aristimuño | Venezuela

El monstruo, ese del que todos hablan con “respeto”, del que todos advierten que debe ser tratado con cuidado, con distancia y que hay que observar desde una mirada antónima para poder entenderlo. ¿Cuándo ganó campo el famoso orgullo y te despegó de lo que no imaginabas?

¡Y al parecer como que nadie está a salvo!

Que miedo sienten algunos cuando le mencionan, tras actos peligrosos, “Pendiente con el orgullo” y no en el sentido de sentirse bien, placentero y agradable con momentos de la vida, en primera persona; hablamos de la actitud que tomamos cuando queremos imponer nuestras ideas y es confrontada por el otro. El sabor amargo de darse media vuelta, “convencido” en tener la razón sobre una base insegura, consciente de la opinión y de los argumentos del contrario, que por momentos subestimamos y que luego pagamos con el alto costo del “orgullo”.

Por ser humanos, nada perfectos por demás, no hay quien haya salido ileso de un ataque de orgullo, unos con mayor intensidad que otros, por eso no vengo a decirte como “evitarlo” vengo a decirte como no morir en el intento, ¡después de todo, reza aquella vieja campaña publicitaria, “no digas que no, sino lo has probado”!

Dicho “sentimiento” tiende por llenarnos de actitudes dispuestas a atropellar, humillar, dejar, odiar y un montón de cosas más, ¡Lo sabes, lo sabemos! Conversaba en artículos pasados, el poder que tiene la palabra sobre nuestra transición en la llamada “vida”, es por esto que es indispensable, «pensar antes de decir, sentir antes de actuar, vivir antes de criticar» no hay cura ni repelente para el llamado “orgullo” pero podemos evitar la muerte de nuestra estadía en la memoria de nuestros semejantes.

Subestimar el poder del orgullo, es lo común, entender las consecuencias del mismo es la tarea. De esa misma manera, la solución está en nuestras acciones, incluso antes de ejecutarlas, hablar y dejar hablar, escuchar y hacerte escuchar; respetar, compartir y defender el derecho de la libre expresión del otro es otra de las actitudes que debemos tomar frente a tal situación.

Total, que no podemos luchar por el otro, si antes no luchamos por nuestras mismas actitudes, el orgullo, más que un problema del “otro” es un problema nuestro, que debe ser entendido, digerido y aceptado, antes de intentar asignarle un culpable.

Perder ante “tal” contrincante, es el peor fracaso que puedes protagonizar. ¡El orgullo grita, la razón conversa!

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