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Mucha gente detesta los programas de chimentos, pero otro tanto los mira con fruición. Para los que creen que nada se aprende de ellos, están equivocados, en ningún programa se divide de manera tan tajante el bien y el mal.

Lejos de simplemente relatar los hechos, incentivan las discusiones, preguntan y repreguntan sobre el mismo tema al ofensor y al ofendido, enardeciendo al supuesto agresor y victimizando aún más a la supuesta víctima, mostrando preocupación  por  la situación de ésta y por lo injusto que resultó el trato sufrido.

Asimismo, se sacan los trapos sucios de aquéllos a los que pueda habérseles encontrado algo condenatorio, desde una simple discusión entre colegas hasta una infidelidad que puede arruinar una familia y, si bien cada cual tiene que hacerse cargo de sus actos, en ocasiones la exposición, la crítica y la exageración a la que se ven sometidos los que están bajo la lupa, hace que sufran consecuencias personales que, a veces, no tienen vuelta atrás.

Si uno tiene dudas de lo que está bien decir o hacer, estos programas lo dejan en claro.

Es así que los programas de chimentos señalan a los buenos y a los malos, en roles totalmente intercambiables y cambiantes: la víctima de hoy puede ser el verdugo de mañana y viceversa. No hay verdaderos buenos ni malos, hay personajes que sirven o no sirven al programa.  Se le puede dar cabida con bombos y platillos a un asunto dramático, pero si no hay teleaudiencia, se pasa a otro inmediatamente.

Cuando no se encuentran temas que atraigan la atención del público, se recurre a antiguos caballitos de batalla: protagonistas de viejos conflictos para reflotar alguna cuestión que, en su momento, produjo revuelo.  Es así que se reciclan peleas haciéndolas interminables, con argumentos y contraargumentos que hacen que el espectador aprenda mil y una formas de discutir sobre lo mismo.

Sin embargo, no tienen en cuenta que nadie está libre de pecado o que es fácil ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, aunque tampoco importa.  Se trata de un negocio que toma las reglas que le convienen a sus fines.

¿Es el tan mentado “morbo” lo que hace populares a estos programas? 

Quizás sea así en algunos casos, pero creo que en otros lo que motiva verlos es descubrir que, siendo famosos o desconocidos, quien más quien menos, todos vivimos problemas parecidos. Necesitamos sentir que no estamos solos en las vicisitudes cotidianas, saber que la vida puede sonreírle a los famosos en cuanto a fama y fortuna, pero al momento de lidiar con enfermedades, angustias, problemas económicos o sentimentales, todos somos susceptibles.

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