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Por Bruno Pavone.

Del amor y otros fantasmas:

Te atrapa, pierdes la noción del tiempo, te desesperas, te esperanzas, tu dignidad se desvanece,  sabes que esta vez será para siempre y vives pensando en qué piensa, qué hace, qué come, qué viste, qué decir o qué hacer para que te mire;  y luego, de repente, una brecha empieza a separarlos y ya no significa nada. Todo esto sucede, pero ¿por qué?

Incontables veces le di vueltas a estas preguntas, resistiéndome a creer que sólo caí vencido ante alguien por su belleza, su esencia, su carisma o lo que fuera. El orgullo, (cualidad tan notoria, tanto en mí como en otros) no me permitía asumir esa debilidad; tenía que encontrar el razonamiento, el motivo, la solución científica…

No pude más que caer ante una respuesta sumamente poética.

Cada persona crea en su mente un espectro. Alimentado por el entrono crece cada día junto con sus dueños, posee una apariencia,  desarrolla personalidad, adopta un pensamientos, se mueve con determinados cánones y busca, en base a experiencias, la perfección. Éste es el fantasma al que amamos.

Pasamos la vida entera tratando de materializarlo.

¿Cómo?

Proyectándolo en otras personas: es decir, el ser abandona nuestra mente para poseer por fin un cuerpo, asentarse en él y tomar su forma viva, convertirse en tangible.   En algunos casos (poquísimos casos) el ser toma un cuerpo para ya nunca más soltarlo.  Pero la mayoría de las veces no es así. Al ir conociendo a la otra persona vamos descubriendo sus miserias, sus pensamientos, su estilo de vida.   Y, aunque lo hagamos de una manera inconsciente, vamos notando las diferencias abismales que lo separan del verdadero ser amado.  Y aunque no lo queramos, aunque nos aferremos, es en ese momento que nuestro espectro comienza a distenderse de lo material para habitar otra vez en nosotros y dejar, sólo de lo que fue, un simple cadáver.

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