Sed. Ganas de salir, como fuegos artificiales, como cascadas de espuma. Quieren brindar, dar. No hay más que ser un ser irracional hoy. Chispas se desprenden de los vasos de cerveza y se chocan como planetas los cristales en el aire. Una sonrisa complaciente, una mirada tímida, efímera, pasa. Ese sonido hace estruendos en la noche profunda. Miradas fijas, brillosas, húmedas, rojas, se disparan. Ese sonido aturde, confunde a las bocas con palabras. Las bocas beben sueños. Beben hasta creer ser algún Dios o sirena. Y luego, cuando las estrellas se pagan, los seres son absorbidos como cangrejos por sus casas de arena o vuelan como cometas sobre el mar hirviendo. Sí, beben hasta ser buscados por el faro somnoliento. Basta. Piden que algún guardián los devuelva a sus pozos hondos, a sus ladrillos calientes de cemento, a su refrigerador vacío, a su baño transpirado, a su cama destendida, pulcra, a su techo llovido, a su cocina insípida, a la misma mujer desnuda, cosificada, a su mugre bajo la alfombra.

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