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Por Rob Martínez | @RobMartinezz

“Ayer es historia, mañana es un misterio, pero el hoy es un regalo, por eso lo llamamos presente”. Le dijo Oogway a Kung Fu Panda.

Una semana atrás, Isabela sentía angustia, tristeza, ansiedad, depresión, poco entusiasmo y enojo. Estos sentimientos parecieran ser parientes, uno la consecuencia del otro, algunos el resultado de la mezcla de un par pero en definitiva, una receta que destruía su cuerpo y mente.

Lo que ella sentía era ocasionado por un “problema” en su trabajo, cometió un error y sus superiores la habían enfrentado por ello. Hoy Isabela recordaba aquel momento en el que todo ocurrió, repetía las palabras pronunciadas, su mente reproducía un ‘loop’  tormentoso en el que veía a gran escala los gestos, escuchaba los tonos, el énfasis y en definitiva el reproche por el error cometido. Ese estribillo mental la mantenía agotada y a la defensiva hacia aquellos quienes la habían enfrentado.

Pasados 7 días y contando, Isabela sentía que el tiempo estaba detenido y “la catástrofe profesional” recién había ocurrido. Con el transcurso de las horas, ya no solo recordaba lo pasado sino que además dibujaba lo que estaba por ocurrir: diseñando hipótesis y consecuencias que seguirían bajo el mismo color pérfido que no la dejaba avanzar. Estaba atrapada entre el pasado y el futuro. Ella se encontraba en un lugar en el que todos estamos, ese en el que vivimos nuestros días recordando ya sea en el lamento, enojo o felicidad por situaciones que ya ocurrieron, además preocupándonos y generando ansiedad por hechos que no tenemos ninguna certeza que sucederán.

Lo pasado, pisado

He notado que así como Isabela, mantenemos una peligrosa obsesión con el pasado, con lo que fuimos, tuvimos y perdimos. Nos resulta sencillo aferrarnos a momentos en los que según nuestra perspectiva “yo y los otros estuvimos mal”, nos esforzamos en entender sin usar la razón y aún menos siendo objetivos, seguramente unos más intensos que otros pero aun así al pasado en nuestras vidas, le resulta fácil ganar terreno.

Un ejemplo es lo que ocurre visiblemente en Latinoamérica, los líderes están obsesionados con las fórmulas aplicadas para comunicarse con los pueblos, se remontan a próceres, frases reversibles, dolor, sangre y pérdidas para justificar que el presente es mejor gracias a eso. Me gusta el dicho: “Para entender el presente hay que comprender el pasado” pero hemos exagerado. Comprender es descubrir el sentido profundo de algo y con esa información avanzar, mejorar y reinventar nuestras acciones. Nos han educado para que antes de dar un paso, debemos mirar atrás profundamente, y en muchos casos “el ayer” aviva el temor y nos paraliza. La vida es cambio, nuestro cuerpo y mente necesita movimiento y la obsesión con los días pasados nos paraliza desde el interior.

El futuro no es la excepción

Isabela, proyectaba las consecuencias, imaginaba charlas, momentos en los que aquella situación haría lucir sus debilidades y sería recordada como aquella persona que “no es profesional”. No existía dominio alguno que pudiera asegurar que eso ocurriría y la consecuencia de vivir en esa espera desencadenaba serios problemas en su salud emocional. Al igual que ella, nosotros vivimos angustiados por la incertidumbre del futuro, atrapados en el desenfreno de la creencia popular de que ‘se nos acaba el tiempo’ y debemos pasar a lo siguiente aún condimentados por la remembranza. Pre-ocupándonos, es decir “ocupándonos antes de tiempo” haciéndonos incapaces de atrapar y disfrutar el presente. El futuro es incierto, lo único que nos queda es accionar en el presente y aun así por más correcto que sea nuestro actuar, no garantiza que el futuro sea más prometedor.

El presente es lo único que tengo

Me encantan los budistas y su sabiduría, esa que para explicarte la cuestión proyectan una analogía cotidiana, esa que aun siendo bastante corriente, cuando logramos entenderla  vemos como todo cobra sentido. Ellos definen al Presente como estar solos con el ser: “Cuando te lavas los dientes, estás con tus dientes; cuando te duchas, estás contigo bajo el agua; si te duele algo, aceptas ese dolor, lo haces tuyo y lo aceptas…hasta que desaparece”.

El presente es sentir, estar, apreciar el instante mientras está sucediendo, ver al que está frente a nosotros en su forma física y no en su forma digital, drenar el momento en su tinta más oscura y pasearnos por los grises de nuestras emociones. Entender que así como en la ducha el agua está cayendo, también se está yendo, hizo su trabajo, cumplió su función y debe continuar, porque hasta la gota que no logró limpiar completamente la espuma del jabón, la gravedad hace su parte y la obliga a marcharse. Isabela, así como tú y yo necesitamos dejar ir, asumiendo toda la responsabilidad del momento, aprendiendo las lecciones pero en definitiva dejando ir. Porque como diría Julieta Venegas, “El presente, es lo único que hay”.

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