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Por Melina Rigoni | Argentina

Carl Honore en su libro “Elogio de la lentitud” señala, entre otras cosas, que vivimos en un mundo atascado en avanzar rápidamente. Nos sobrecargamos injustificadamente con exigencias, compromisos, tareas, actividades, que terminan convirtiendo nuestra vida cotidiana en una carrera vertiginosa cuya meta es el agotamiento.

Cada vez tenemos menos tiempo para pensar, disfrutar y compartir. O simplemente no hacer nada. Creemos que la vida se desperdicia si no estamos haciendo algo productivo.

Y en ese afán por producir y hacer cosas útiles, muchas veces perdemos de vista lo esencial: disfrutar de lo que hacemos. Pensar nuestro paso por la vida como un camino que se hace –y en la medida de lo posible, se disfruta- al andar.

Ya lo dijo el gran poeta Lennon: “La vida es aquello que te pasa mientras estas ocupado haciendo otros planes”.

Y en este afán por ir alcanzando metas dejamos de lado también nuestro bienestar corporal. Ya sea porque aún está muy arraigado el prejuicio de que lo físico está reñido con lo intelectual, porque preferimos invertir nuestro tiempo en otra cosa, o porque estamos tan cansados de estar quietos que elegimos dedicar nuestro escaso tiempo libre a estar aún más inmóviles.

Aunque parezca una paradoja, estar quieto es agotador. Y genera malas posturas que derivan en molestias y dolores musculares.
Por eso te propongo que introduzcas pequeños cambios en tu vida. Utilizá las escaleras, hacé algunos trayectos caminando, implementá la bicicleta. Si el tránsito te intimida podés usar una bicicleta fija estratégicamente ubicada frente a la tele, o mejor frente a un libro.

Porque algunos de los beneficios más conocidos de la actividad física son que reduce el estrés, mejora el metabolismo, te ayuda a dormir mejor, pero también nos brinda una hermosa oportunidad de pasar más tiempo con nosotros mismos (en el caso de las actividades solitarias, como correr o nadar) o compartirlo con los demás (en los deportes en equipo, las clases en los gimnasios o los entrenamientos grupales).

La necesidad de movimiento, el ritmo, son cosas ancestrales, nos atraviesan, por más que las queramos acallar con el sedentarismo, ayudados por la televisión, la PC, el celular y demás dispositivos.  Con restarle 10 minutos por día a estos artilugios ya tenés dos hermosas sesiones de entrenamiento por semana de 35 minutos cada una, un hermoso comienzo.

Salí. Dale más libertad a tu cuerpo, bailá, caminá, jugá, competí, movete, disfrutá de las posibilidades infinitas que te brinda. La vida, generalmente, está afuera.

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