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¿Quién no escuchó alguna vez refunfuñar a un mayor respecto de lo que en el pasado se esperaba del futuro y lo que en realidad ese futuro fue? O sea, menospreciando sin más nuestro presente. El número 2000 sonaba a futuro lejano hasta inclusive en el mismísimo año 1999. Semejante cambio nominal tendría que arrastrar algún cambio material, algo tendría que pasar, los autos de golpe tendrían que empezar a volar.

Hemos pasado largamente esa meta numérica y no solo los autos no vuelan sino que además, en vastos rincones del planeta, se ven cada vez más carros tirados por lánguidos caballos recorriendo las abarrotadas urbes en su aporte cotidiano al sideral caos de tránsito. Algo, pues, de nuestra concesión de futuro falla. ¿Qué nos imaginamos como futuro hoy? ¿Hacia dónde avanzará el progreso humano? ¿En qué dirección?

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…sucesos significativos que antes quizás se daban cada cientos de años, ahora se dan ahora en lapsos mucho menores…

Este tema fue objeto de una “charla de café” reciente en la que recordé oportunamente una teoría que señala que los sucesos trascendentales que cambian radicalmente a la humanidad se dan en plazos cada vez menores, de forma exponencial. Léase: sucesos significativos que antes quizás se daban cada cientos de años, como la invención de la imprenta o la primera transmisión radial, se dan ahora en lapsos mucho menores, tal es así que de mantenerse la tendencia llegará un momento en que se darán a cada minuto. Cabe destacar que expongo aquí el recuerdo vago y lo que absorbí de esa teoría.

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En esa tónica, se podría decir que los últimos sucesos de esa índole son internet y la telefonía móvil, revolucionarios sin dudas. Pero, teniendo en cuenta que la gran evolución en el plano comunicacional ya se logró (al margen del acceso sumamente desigual que a ella se tiene), ¿hacia dónde avanza, entonces, el progreso hoy? ¿Cuál es el próximo gran suceso de nuestra era de progreso exponencial?

Fue por entonces que, absorbida ya mi ración de café y ante la atónita mirada de mis interlocutores, elaboré mi “Nostradamus” personal que paso a detallar a continuación y espero sepa el inconsciente colectivo atesorar a lo largo del tiempo para venir un día y darme la razón, sea en vida o en muerte, regrabando el epitafio de mi tumba.

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…me atrevo entonces a aventurar, que el paso que correspondería dar ahora es la teletransportación.

Teniendo en cuenta que la gran evolución en el plano comunicacional ya se logró (videoconferencias, mensajería instantánea, transmisiones en vivo, dispositivos móviles, etc), me atrevo entonces a aventurar, en este humilde y sencillo acto, que el paso que correspondería dar ahora es la teletransportación. Ya se puede, mediante la telecomunicación, estar de forma inmaterial en cualquier lugar, en cualquier momento, instantáneamente. Ahora solo resta, pues, poder estar físicamente allí.

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Lo sé, piensan que estoy loco y hasta se están arrepintiendo de haber perdido el tiempo leyendo esto. Ilusos. Algún día me darán la razón, espero que antes de que se escriba mi epitafio. De no ser así, les ruego tengan a bien teletransportarse hasta mi tumba, tachar el clásico “Padre e hijo ejemplar, amado por todos”, y poner: “Este tipo, pobre, tenía razón. QEPD.”

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