Sociedades complejas

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Por Rob Martínez | Argentina

El hombre primitivo tuvo pocas preocupaciones por el espacio que tenía

Había para todos. Pero, a medida que crecía en número y capacidad intelectual, extendió sus fronteras vitales. Cada tribu expandió sus linderos sin problemas. Sin problemas, hasta que topó con las fronteras de la tribu vecina. Las libertades de uno terminan donde empiezan las del prójimo. Y comienzan los conflictos. Es la Historia; y no hay más que repasar cualquier tratado de la misma para ver que es un continuo y desaforado trasiego de linderos y fronteras.

¿Cómo influye el concepto de territorio en la psicología del individuo?

Cuentan los científicos que estudian el comportamiento animal, que cuando existen un par de la misma especie luchando entre sí, siempre lo hacen por solo una de las siguientes dos razones: establecer su dominio sobre los otros o bien para ejercer sus derechos territoriales sobre una determinada porción de suelo. Esto es algo totalmente instintivo, un rasgo inherente a la condición de todos los animales.

Cuando la integridad física se ve en peligro, un ser vivo la defiende, lo impulsa su instinto de conservación a corto plazo: defiende su vida en ese preciso momento. Cuando defiende su territorio, lo hace bajo el mismo instinto, pero a largo plazo: defiende unos medios de subsistencia.

Es curioso observar cómo trastornos tan comunes en el ser humano, como la ansiedad, la depresión, la agresividad desmedida, las disfunciones sexuales, las úlceras digestivas y demás manifestaciones neuróticas y psicosomáticas, sólo aparecen en los animales cuando están sometidos a limitación territorial, como ocurre en los zoológicos. Prácticamente, tales alteraciones no aparecen en el animal libre y en estado salvaje.

Mi territorio en la jungla de concreto

El hombre civilizado que vive en sociedad y en teórica armonía con sus vecinos. Teórica, porque la aparente comodidad que supone el vivir en comunidad tiene a veces un alto precio: el desequilibrio psicológico por el estrés competitivo en defensa de un mínimo territorio digno.

El individuo no puede ser separado en esencia de su medio vital. Un ser vivo es él y su territorio, con el cual se identifica como una prolongación de su propio cuerpo.

Un refrán dice: «Tanto tienes, tanto vales» Y, aunque nos pese, ése es el juicio frío con el que, desgraciada y habitualmente, nos juzgamos en sociedad. «Cuanto más tengo, cuanto mayor es lo propio, más grande soy.» Esta concepción un tanto desmedida de la territorialidad (como lo propio) es el origen de la ambición. Ya que territorio ya no es sólo terreno, sino todo cuanto en él se pueda incluir: pertenencias, posesiones inmuebles y por supuesto el dinero, que asegura adquirir más territorio.

Así hemos desarrollado el afán de marcar nuestra identidad en el ambiente, señalando: esto es mío y aquello es ajeno. El hombre, como ser privilegiado en la Naturaleza y en continua evolución, precisa de una identidad que la potencie y de un territorio donde desarrollarla. Es un derecho natural, ancestral e instintivo, que, cuando se ve atentado, puede acarrear serias consecuencias en su equilibrio psicológico.

Pero, manejar con sabiduría situaciones que ameriten el marcado de nuestro territorio es la clave para seguir separándonos de los animales irracionales. La agudeza del tratado con nuestros vecinos y la educación es fundamental para darle finales felices la identificación del entorno que hemos determinado como “nuestro”.

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