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Por Adriana Funes |Argentina

En los últimos años parecen oírse cada vez con más fuerza argumentos contra esta medicina, la tradicional, la avalada científicamente.  A esto se suma la desconfianza hacia los laboratorios que, en ocasiones, se sospecha sugieren a los médicos los medicamentos más “convenientes” para cada afección, lo que a algunos les hace dudar si lo que se les ha recetado es realmente lo más efectivo.

En contraposición, a veces encontramos un ataque feroz por parte de algunos médicos tradicionales contra otras disciplinas curativas cuando un paciente consulta su opinión sobre aquéllas en casos en que la alopatía no puede hacer mucho por su dolencia.

Esta actitud que desmerece cualquier intento de curación fuera de los carriles avalados por la ciencia, sumado a la poca paciencia de ciertos profesionales, más la atención “express” que suelen brindar otros, favorecen el hecho de que algunos enfermos se sientan atraídos hacia otras posibilidades de curación donde se estudia al ser humano y sus circunstancias, y no se toma aisladamente el órgano afectado.

Aquéllos profesionales de la medicina tradicional que se encuentran dentro de lo descripto, deberían hacer quizás un autoanálisis para ver si en su propio campo no hay algo que pueda ser mejorado en pos de una comprensión más amplia ante un paciente enfermo, antes de cargar las tintas contra otras disciplinas (por más que éstas  tengan también representantes poco recomendables).

No se trata de competir contra aquéllas para demostrar que la que uno ejerce es la mejor, sino de ver cuál es la mejor para el paciente en cuestión donde éste, a su vez, dejará su rol tradicionalmente pasivo para evaluar opciones y ser agente activo de su curación.

Asimismo, las llamadas terapias alternativas tampoco deberían actuar en oposición a la tradicional.  De hecho, se está prefiriendo utilizar el término “complementarias”, para demostrar el lugar primordial que sigue ocupando la alopatía.

Cada persona es un mundo y a cada uno (por más que se trate de una misma enfermedad) le funcionará mejor un método que otro, dependiendo también de quién y cómo se aplique.  Más allá de que lejos estamos del médico familiar que antiguamente solía tratar a todos los miembros de una familia y conocía los problemas del conjunto, muchas veces los profesionales de la salud parecen haber despersonalizado (y hasta deshumanizado) el trato con sus pacientes.

Si se sumara a la medicina tradicional un trato más humano y menos mecánico, seguramente se ayudaría a la cura del paciente y, quizás, no se buscarían otras alternativas.  Hay ocasiones en que una terapia complementaria no puede actuar porque el problema está muy avanzado o el paciente es refractario a ese tratamiento.

Corresponde entonces no anular ninguna vía de sanación válida, sino de darle a cada una el lugar que le corresponda, según sean eficaces o no en cada caso.

Ante una dolencia bucal insoportable, una infección galopante, un problema cardíaco u otra afección que requiera indefectiblemente intervención quirúrgica, en todos esos casos (y algunos más) la alopatía puede ser maravillosa.

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