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Por Julián Delgadillo | Colombia

Las escenas corrientes actuales en la televisión muestran todos los días las imágenes de los desplazados de la guerra de Siria, Palestina, Afganistán, Paquistán, Yemen, Etiopia, Nigeria, Sudán, Somalia, Kenya o Libia, tratando de cruzar el mar Mediterráneo o en tierra, las fronteras de Serbia o Hungría, para llagar a Austria y a Alemania, en donde pretenden encontrar otra vida o rehacer su vida destrozada por la guerra. Vienen de las guerras contra el ISIS, el grupo de Al Qeda, el Hoko Haran o los Talibanes

Estas escenas se duplican en el caso de Colombia con los desplazados arrojados de Venezuela, su segunda patria, debido a las quejas del presidente Maduro sobre la presencia de mafias y paramilitares colombianos entregados al contrabando en las fronteras de los dos países en Cúcuta o Paraguachón, de donde han sido desplazadas familias enteras, sin ninguna consideración y sin ninguna actuación de la justicia venezolana, con el agravante de que a algunos, les han destruido sus casas, tal como obra Israel con los Palestinos, con la circunstancia de que en varios casos, han separado a algunas familias colombianas, dejando niños pequeños alejados de sus padres, tal como sucedió con familias coreanas que fueron destruidas y partidas con ocasión de la guerra entre las dos Coreas, China y USA, en 1950, cuando Mc Arthur amenazó a los Chinos. incluso con la bomba atómica.

Sobre la actuación de Occidente, Europa y los Estados Unidos, como países colonialistas e Imperialistas que hacen terrorismo, hay mucha literatura, incluido el libro relativamente reciente de Noam Chomsky y Andre Vltchek, “On Western Terrorism. From Hirishima to Drone Warfare”, ya que los grupos extremistas islámicos, Al Qeda, el Hoko Haran o los Talibanes, son como una reacción, igual y contraria, como diría Newton de las fuerzas físicas, sobre las guerras de Israel, apoyado por USA e Inglaterra, contra Palestina, o de USA y sus aliados europeos, contra Irak

En el caso de Colombia, la situación es también similar, o mejor dicho no diferente. Cincuenta años de guerra civil han dejado seis millones de colombianos desplazados a Venezuela y otros tantos desplazados internamente y localizados en diferentes ciudades colombianas mediante un proceso que ha sido una especie de eterno retorno de una violencia que se repite desde las eglógicas guerras civiles del siglo XIX, en una Colombia con índices de desigualdad muy elevados, entre los peores del mundo, con una dirigencia refugiada en las grandes ciudades que ve la guerra por televisión y que durante muchos años fue sostenida por las políticas anticomunistas de USA y de la Santa Iglesia Católica, desde Mariano Ospina Pérez en 1946 a Alvaro Uribe Vélez entre el 2002 al 2010, que con tal de que no se diera un gobierno de izquierda en América, el orden estaba bien

Pero ahora la izquierda se halla desvalorizada y el enemigo común es el narcotráfico, tal vez lo que sostiene a Colombia en esta época en que los precios del petróleo están a menos de $ US 45 el barril y en que China ya no compra tantos comodities y su crecimiento se acerca al 7 %
Y en unas circunstancias en que se debe llegar a la paz con las FARC y con nuestros vecinos, cueste lo que cueste y sin remilgos, porque simplemente hay que aprender a vivir con los que no piensan igual y con los culpables de tantas guerras en que el mundo, y nosotros mismos, hemos participado con el pecado de la indiferencia y, obviamente con los desplazados de las mil batallas que Occidente ha convocado para la ventaja de algunos pocos, que ya no pueden vivir sin los otros porque el mundo se globalizó y cualesquier problema, es el problema de todos, tal como lo están saboreando los Estados Unidos y toda Europa, al verse invadida por los inmigrantes desplazados por las guerras que desarrollaron y que según Chomsky han causado, después de finalizada la Segunda Guerra Mundial en 1945, cincuenta millones de muertos.

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