Ecosistema, Destinos, Salvaje.

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Por Arenka Rubio.

Hace un poco menos de un año decidí dejar atrás todos mis problemas y lanzarme a una aventura que nunca imaginé haría. Compré un boleto de avión desde Bogotá hasta Leticia, Colombia y decidí  irme de travesía por el Rio Amazonas hasta llegar al Perú.

Un par de cálculos, una cámara, dos pantalones y un bloqueador solar me acompañaron en mi aventura, pero no sabía lo que me iba a esperar.

Tan pronto llegue a Leticia tomé una barca que por más o menos US $1 dólar me llevó hasta Santa Rosa, Perú atravesando el Río Amazonas. Allí pude comprar el boleto para ir de Santa Rosa a Yurimaguas, Perú, el viaje tardaría (7) días y 6 noches, así que a comprar hamaca Paraguaya, mucha agua y a subirse al barco.

Estas embarcaciones son el transporte público en el Amazonas, pasan cada par de días y se detienen en todas las poblaciones que rodean el camino. Su tamaño es impresionante,  tienen entre 2 y 3 pisos. En planta baja se lleva toda la carga, carga que se transporta de poblado a poblado y que varía desde animales, medicamentos, hasta carros y materiales de construcción. Los demás pisos transportan personas, unos que se deben movilizar entre los pueblos del Amazonas, otros que se suben a vender comida o productos necesarios como medicinas, recipientes plásticos entre otras cosas y algunos pocos que se suben a robar las pertenencias de los más descuidados.

La tripulación ofrece desayuno y almuerzo, además de snacks que se pueden pedir en los kioscos ubicados en cada piso. Entre piso y piso cuando la embarcación está a su máxima capacidad se pueden contar unas 500 personas por piso, todas comiendo, hablando, y lo peor ARROJANDO DESECHOS AL RÍO.

Durante los 7 días navegando el Amazonas no había minuto en el cual mis ojos no vieran caer material descartables, pañales, sobras de comida, envolturas de snacks, botellas de plástico y de vidrio, papeles, y un millar de cosas más, volando por el aire escapándose de la mano de algún aldeano y clavando directo al Río, a su caudal, a su triste caudal.  Cada vez que miraba al río escuchaba el chapotear de algún desecho cayendo en el, y yo me preguntaba, si esto pasa en esta embarcación, un solo viaje en mi vida, cómo serán las otras que viajan todos los días con millares de personas ignorantes que no saben lo que hacen o simplemente no les importa.

  Personas que viven del río, comen gracias a el, se bañan en el, beben su agua, navegan por el e incluso así no tienen idea del valor que tiene para sus vidas. Es así como se aplica el famoso proverbio de que “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”

Los valores empiezan por casa, en el agua que no cuidamos y gastamos mientras lavamos nuestro auto o regamos las plantas, en los desechos que arrojamos  y no nos preguntamos ¿A dónde irán? En ese insignificante papelito que arrojamos por la ventana del auto solo para que éste permanezca limpio, sin pensar que nuestra tierra se muere, cada día sufre.

Empecemos por valorar lo que tenemos, esas cosas que el dinero no puede comprar, nuestra tierra, la que nos vio crecer, y no desea que la veamos morir.

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