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Por Pía Roldán Viesti | Argentina

La lectura de la teoría psicoanalítica no es nada fácil. Y cuando esa lectura implica a la relectura ofrecida por Lacan, es prácticamente imposible de comprender, a menos que se cuente con el punto justo de paciencia y apertura mental, como para nutrirse sin repetir (envueltos en una ilusión de entender todo) los conceptos que se leen 100 veces para que nos diluciden algo. Porque cuando uno se topa por primera vez con Lacan, la sensación que tiene es de que está hablando en otra lengua. Es desesperante. No tuve la suerte de saber francés como para experimentar, quizás, el alivio de leerlo en el idioma original, y así contar con un plus que me hiciera captar fácilmente la esencia. Las traducciones generan una pérdida –justamente- de lo más importante. Aprovechando lo oportuno del chiste, diría que leer a Lacan es terapéutico, es aprender a lidiar con “la falta”, con el “no se puede saber todo”, con el imposible, la castración… ¿la muerte? Y… cuando se está por rendir un examen final oral, tal vez sí.

En fin, decía que abrir por primera vez un texto de Lacan es confrontarse con lo imposible. He llegado a estar 4 horas para leer 2 ó 3 páginas… me ha atrapado la luz del día intentando descifrar lo que quería decir. Es que entender algo de todo eso, de verdad, no es algo que pueda hacerse leyendo de corrido. Tal vez sea eso lo que me fascinó. Nunca me había costado leer a nadie. Ni Niesztche, ni Heiddeger, ni Hegel, ni Marx, ni mucho menos Platón o Aristóteles, ni la Divina Comedia con su fama de compleja, ni Schoppenauer, ni siquiera Freud que –con su estilo tan poético- va, vuelve, se desvía, intenta explicarse en medio de su neurosis… Por lo tanto toparme con Lacan fue como un verdadero desafío. ¿Qué está queriendo decir este hombre? ¿El Otro? ¿el otro? ¿Que cuando se habla no se habla? ¿Qué el significante no es otra cosa que la remisión a otro significante? ¿Que el objeto (a) es lo no especularizable? ¿Qué la existencia del objeto (a) no es más que la manifestación de que el objeto nunca existió? Ya bastante me había hinchado estudiar lingüística, con Saussure, Pierce, etc, como para que me destruya lo poco que había entendido y que –por suerte- ya había aprobado.

Pero más allá de lo complejo de entender a Lacan, del agregado de leer de seminarios editados como se pudo, de la barrera del idioma y la traducción, del afán de los docentes por no esforzarse (o no ser capaces) de traducir lo que Lacan quiso decir (seguramente por miedo a no poder explicarlo todo), lo más difícil es la clínica.

¿Qué hago con todo eso a la hora de trabajar?

Comprender que la posición del analista es “hacer de muerto”, hoy me parece pleno de sentido y algo con lo que lidio todos los días, pero algún día fue una frase que no me decía nada y sólo me imaginaba a un analista ahorcado en su silla con un tipo hablando en una viñeta, al estilo Quino.

Costó aprender, y sólo enfrentada a pacientes me di cuenta de lo que Lacan quería decir. Se aprende la clínica casi por insight luego de haber leído mucho. Es decir, que aquellos que no tienen el afán de saberlo todo, aquellos un poco menos erotizados con el saber, aquellos cuya pulsión de saber fue sustituida en su temprana infancia por otra cosa, deben elegir, por default, trabajar de otra manera.

Pero toda esta introducción venía a algo que supe ayer y me encantó. En Finlandia (Dios bendiga a Youtube), se están registrando estadísticamente los más exitosos datos sobre recuperación de pacientes psicóticos sin tratamiento psicofarmacológico y con inclusión de la familia. Los resultados estadísticos arrojan que 2/3 de los pacientes que inician tratamiento continúan sin medicación, y del 1/3 restante, al cabo de un año, la mitad está logrando abandonarla.

¿Será que son psicóticos con mejores condiciones sociales porque son finlandeses? Obvio que debe influir de alguna forma.
¿Será que la mayor educación generalizada en una sociedad como Finlandia brinda más herramientas y planta las semillitas de una futura resiliencia? Es posible.

Pero no vamos a pensar en los pacientes esta vez. Lo que me interesó es que en la nota, cuando explican qué es lo que hacen para tratar a los pacientes, es como si hubiera agarrado los libros de la clínica de Lacan, los hubieran mezclado con la clínica de parejas y familias de orientación psicoanalítica y algunas recomendaciones de psiquiatría comunitaria y las hubieran unificado en su modalidad de atención.

Se sorprendía el reportero (estadounidense y, por ende, formado bajo la influencia de la psicología del yo, las terapias cognitivas-conductuales, el discurso barato motivacional, con un terapeuta que no sólo habla de cliente, sino que asume un rol directivo y aplastante, medicalizador y iatrogénico) cuando los terapeutas finlandeses decían que la esquizofrenia era un modo de respuesta a la relación con el otro y no una disfunción bioquímica cerebral… se sorprendía aún más cuando decían que no había un terapeuta sanador sino un otro horizontal que escucha… no podía creerlo y exclamaba onomatopeyas muy características de los “yankees” de tipo “uouuuuuhhhhh” cuando escuchaba que los pacientes son partícipes de su propio tratamiento al ser valorizada su palabra, y “al generar cambios cuando ellos mismos se escuchan y de ese poner en palabras surge la solución”… Y creo que el ACV fue visible cuando agregaron que a un paciente delirante no debía considerárselo enfermo sino un paciente que a través del delirio reconstruía la realidad poniendo palabras nuevas que permitían que existiera una realidad hablada que sanaba…

Es decir… me falta leer todo y hoy mi meta es ir a comprar el libro sobre esta terapia finlandesa, claramente psicoanalítica y lacaniana en el abordaje, porque quiero saber cuáles son los fundamentos y qué marco teórico tomaron, ya que lo importante es que llegaron a lo mismo y la gente se está “”””curando””””.

Me alegra mucho estar viviendo esta especie de comprobación “””””científica”””” de que ese es el modo de trabajar, y más aún me alegra que haya una pequeña diferencia con el lacanismo clásico (no menos ortodoxo y aplastante que cualquier otra terapia donde el analista es el que sabe y el paciente el incurable que no entiende nada). La diferencia es que puede intervenir cualquiera porque (aunque no lo escuché en estas palabras) las intervenciones y las transferencias se dan en un flujo constante de movimiento, y todo el tiempo (y con cualquiera). Mi experiencia personal me mostró que podés ir al analista durante años (en mi caso 9) y en un ascensor, un vecino te hace un comentario y te da vuelta el inconsciente haciéndote una verdadera intervención.

Paréntesis: El que haya ido al psicólogo y no haya sentido en un instante (por una sola palabra, gesto o respuesta del analista) que de repente no sabe qué decir, que lo atraviesa una vergüenza inexplicable, que acaba de decir algo que ni siquiera reconoce como propio, que no puede retomar lo que estaba diciendo porque sencillamente la cadena del discurso pegó un volantazo y se fue a otro lado, y no se haya ido a su casa sintiendo que no sabe ni quién es ni qué dijo, sintiendo que no puede ni prestar atención a los semáforos… no tuvo todavía un análisis. Y si después de esa situación, no experimentó lo que es pensar en sus problemas cotidianos y que ya no parezcan problemas porque el problema es “otra cosa” que ni se había imaginado, entonces seguí yendo porque tu camino es largo y hay que bancárselo. Pero esta explicación es parte de otra cosa y no tengo tiempo hoy.

En fin, esta terapia finlandesa se llama Terapia de Diálogo Abierto. Y aún con sus variantes, ya de entrada es más o menos lo mismo que lo que dijo Lacan cuando empezó a escribir… “el análisis no es otra cosa que instalar la dimensión de un diálogo”. Sabiendo que Lacan abordó la psicosis… ¿Qué más se puede decir?

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