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Por Adriana Funes |Argentina

Los defectos de la política no son privativos de algunos países.  A nivel mundial, algunos más, otros menos, todos adolecen de alguna falla que beneficia a unos pocos en perjuicio de la mayoría.

En los casos de corrupción, una de sus ramas es el nepotismo, es decir, la preferencia que los políticos dan a sus familiares y allegados al momento de otorgar concesiones o empleos públicos.  Este no es un vicio moderno, desde la antigüedad quienes han tenido algún tipo de poder han nombrado a familiares y amigos en puestos clave (a veces aún careciendo de capacidades para ejercerlo), no solo con la intención de favorecer a aquéllos sino, incluso, para indirectamente beneficiarse ellos mismos.

En la actualidad, el nombrar a parientes o amigos es una forma de tener controladas áreas que exceden la competencia del político otorgante del empleo.  Es así que se nombran jueces para garantizar la impunidad de los que lo favorecieron con el cargo, y poder continuar con sus fechorías, o no ser castigados si fueran descubiertos.  El tema es que quien se ve favorecido con el nombramiento pasa a ocupar una prisión sin rejas, a ser un títere del poder de turno que espera su retribución, creándose así un círculo que parece ceñirse entre los “socios” formando redes dentro de las cuales es cada vez más difícil liberarse.

No creo que todos sean débiles de conciencia. Quizás alguien cede a la tentación o a la presión de aceptar un puesto y luego, aunque se arrepienta, se le hace muy difícil salir de la telaraña sin correr el riesgo de arruinar su reputación o de que quienes le otorgaron el favor se tomen represalias.

También es posible que cuando los cargos son asignados a hijos de poderosos, no siempre se aplique el dicho “de tal palo, tal astilla”, pues pienso que en ocasiones son arrastrados a aceptar ocupar un puesto para el cual saben perfectamente que carecen de mérito y serán mal vistos no solo entre sus compañeros de trabajo, sino también entre sus amigos.

Cabe preguntarse entonces, cuál puede ser el camino de liberación para aquellos que se equivocaron o se arrepintieron de aceptar un cargo para el cual no cuentan con las aptitudes o no lo lograron por la vía correcta.  Lo más directo, aunque lo más difícil si ya se tiene el cargo, sería renunciar a éste; caso contrario, ejercerlo con dignidad, cumpliendo la tarea que corresponde sin aceptar influencias ni presiones al momento de tomar decisiones, aún bajo amenaza de represalias.

Confío en que no todos son corruptos y que siempre es posible enmendar una equivocación de este tipo.  Es cuestión de decisión y fortaleza, la que no se tuvo cuando se aceptó un cargo aún en contra de las propias convicciones.

La rebelión se asocia siempre con la alteración de un orden, pero si ese orden perjudica a sabiendas a un grupo para favorecer injustificadamente a otro por medios deshonestos, la rebelión sería el intento de establecer el orden correcto, el que busca la justicia y la equidad para todos de acuerdo al desempeño, capacidad y mérito de cada uno.  Sería entonces una buena rebelión, sería la rebelión de los buenos.


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