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Por Rocio Luna Alterleib.

“Es un buen momento para imaginar”,

Expresa Manuel Santos Iñurrieta escritor, director e intérprete de “Mientras cuido de Carmela”. En una obra donde la política del pasado, presente y futuro se pone en discusión mientras el monologuísta cuida de una beba revolucionaria e inquieta, todo puede salir mal. O quizá no. Reflexiones, ternura, indignación y viajes estelares se mezclan en una propuesta teatral con mucho ruido y muchas nueces.

Carmela es cuidada por un Chaplin con algo de Tato Bores y una pizca de Enrique Pinti. Una niña que tiene que escuchar dolorosas partes de la historia cíclica y cínica de Argentina. Una representante y, tal vez, futura militante anti imperialista que, desde la cuna, se atreve a revolver la memoria. Allí donde los golpes de Estado, las complicidades político-económicas y el siempre controlador ojo de Estados Unidos, decide qué hacer con los países del “tercer mundo”.

Bachín es quien reina la escena. Es extrovertido, dice grandes verdades y, luego de instalarlas en el público, se disculpa y retoma su lado sobreprotector con Carmela que duerme sin saber lo que le espera en este mundo tan ruin y hermoso a la vez. Se propone desde aquí una manera de recordar momentos duros para reflexionar hablando de ellos irónicamente y con una desdibujada sonrisa que pasa por la ironía, la tristeza y la resignación, logrando que la imaginación amortigüe ciertas heridas argentinas que aún no cerraron (y es probable que nunca lo hagan).

La escenografía es tan escasa que abre la posibilidad absoluta al vuelo onírico de los presentes. Una silla, una mesa, una máquina de escribir, un cochecito de bebé antiguo, una sábana que envuelve una pequeña almohada que hace de Carmela y una pantalla donde se proyectan diversas imágenes, es todo lo que acompaña al actor en esta dramaturgia.

Monólogo político, búsqueda de nuevas escenas, crecimiento personal, conocimiento de si mismo y del público, el protagonista de “Mientras cuido de Carmela” tiene esto y mucho más para proponer. Incluso, la interpretación de Iñurrieta es tan convincente que crea la ilusión de que la obra está siendo escrita, actuada e improvisada en el momento.

La pieza comenzó a rodar por teatros el año pasado y arribó a pequeñas salas de la costa atlántica. Es cuestión de tiempo para que llegue a otros puntos del país, pero habrá que armarse de paciencia y de coraje porque aún no se han anunciado nuevas fechas y, cuando las haya, no cualquiera puede soportar ciertos sincericidios del entrañable Bachín.

Algunos dicen que si una expresión artística no modifica al espectador, no puede considerarse “buena”. Es importante que ellos sepan que esta obra no los va a decepcionar: les traerá un carnaval de revueltas sentimentales con un tratado de la política, la economía y la historia como poco se ha visto antes. A aquellos que dudan a la hora de elegir un libro o una película,  la puesta en escena de Iñurrieta abrirá su mente y los invitará a volar en la realidad con el toque justo de dolor y alegría que la propia vida tiene.

Esos últimos que no son habitúes del “teatro político”, no se perdonarán perderse los monólogos que esta propuesta teatral tiene listos para ellos. Deben saber que los recuerdos anclan, duelen, persiguen y torturan a los que no quieren hacerse cargo de ellos. Por eso, “Mientras cuido de Carmela” está donde los viajes a la Luna quedan a la vuelta de la esquina y donde la inocencia de una indefensa beba nos obliga a no olvidar nunca que, como expresa León Gieco: “La memoria apunta hasta matar a los pueblos que la callan y no la dejan volar libre como el viento”.

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