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Por Anabel Mica | Argentina

El “No”, como prohibición o restricción, está instalado desde el comienzo de nuestra historia como sujetos. Conocemos las implicancias del “No” mucho antes de adquirir las propias habilidades del lenguaje, de poder pronunciarlo.

Como un modo de preservar la seguridad del niño, de determinar límites que contribuyan a su autonomía y a una mejor adaptación a la vida en sociedad, los padres repiten una y otra vez lo que “No” puede o debe hacerse.

De este manera el “No” se va afianzando en nosotros incluso de un modo más potente y radical que el “Sí”. El “Sí” como habilitación, como “poder hacer”, al operar a menudo por omisión, posee otro registro diferente.

La mayoría de los niños de dos años de edad dicen “No” frente al deseo de hacer las cosas a su manera, lo cual constituye un comportamiento completamente normal en el proceso de reconocerse a sí mismos como individuos independientes.

Decir que “Sí”, o decir que “No” implica en todos los casos producir una acción, refiere a la cualidad activa del lenguaje de generar un nuevo mundo. Rafael Echeverría los denomina actos lingüísticos, y los ubica dentro de las declaraciones. Observa que tienen carácter universal, están presentes en todos los idiomas, trascienden las diferentes culturas.

Las declaraciones del “Sí”, y del “No”, están vinculadas a la condición de ser humano y a su dignidad. La declaración del “No” es una de las más importantes que puede hacer el individuo y remite a la dignidad humana como derecho a no aceptar. La aceptación que declaramos con el “Sí” implica asumir las consecuencias de esa decisión, por medio de la aceptación de un compromiso que se desplegará a futuro.

La paradoja del asunto es que vamos creciendo y renunciando a la simplicidad del comportamiento de ese niño que sin temores podía pronunciar un “No”, incluso frente a quienes más amaba.

¿Cuántas veces -en nuestra “vida adulta”- encontramos más accesible el “Sí” como respuesta, para evitar la responsabilidad que conlleva afirmarse en el “No”, expresando un desacuerdo o la no aceptación a un pedido o requerimiento?

Posiblemente entre las múltiples variables que complejizan ahora el juego, está el hecho -no menor- de haber aprendido a considerar las necesidades de los otros. Sin embargo lo que no debiera ocurrir es que estas necesidades a menudo se antepongan a nuestros verdaderos deseos, pasando el “Sí” a encubrir aquello que en verdad quisiéramos rechazar.

Entonces, ¿por qué sostenemos este mecanismo? Posiblemente porque solemos confundir el “No”, como respuesta a un pedido, con la negación a la persona misma que lo formula, tornándose incómodo y hasta ofensivo decir que “No”, o recibir un “No” como respuesta.

En realidad, el ejercicio de decir que “No”, de un modo claro y respetuoso, habilitará nuevos caminos y fundamentalmente un compromiso hacia nosotros mismos, hacia nuestros deseos y a ser quien realmente queremos ser.

(…) ya lo sabemos
es difícil
decir que no
decir no quiero

no obstante
cómo desalienta
verte bajar tu esperanza
saberte lejos de ti mismo (…)”

“Decir que no”, Mario Benedetti

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