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Voy a comenzar la presentación de mi escrito tomando la frase que citó Luz María Huerta, miembro de la Sociedad Psicoanalítica de México, en un texto llamado “Sobre el nombre en psicoanálisis y su carga transgeneracional”:

“El Nombre. Lo que llega de antes para que haya después y lo que facilitará coordenadas ubicables a la memoria para cuando aquél después sea ayer”.

Parece un trabalenguas; el psicoanálisis tiene y a la vez carece… porque al mismo tiempo que llegamos a niveles de conciencia y comprensión elevadas, nos deja siempre un resto que no puede explicarse. Intentaré explicar esta frase, intentaré explicar por qué me importa, e intentaré que todos se lleven algo.

En la frase citada lo que se pone de relevancia es el nombre como algo que tenemos desde antes de llegar, y como aquello que nos dará ese primer esbozo de conciencia de nosotros mismos que tendremos que echar a mano cada vez que -en el camino de la vida-, nos empecemos a perder o desencontrar con nuestra esencia. Es decir… el nombre estaba antes de que lleguemos, hace las veces de nuestro cable a tierra… es lo último de lo que nos desprendemos, y es a lo único que podemos apelar cuando se está perdiendo todo lo que nos da la paz de saber quiénes somos; saber que a pesar de todo seguimos conservando una unificación de nuestra mente, cuerpo y alma. Es el recordatorio de nuestro espíritu. O por lo menos así lo comprendo yo.

¿Pero por qué el nombre es tan importante? ¿Qué hay más allá de esto?

El término “nombre”, es aquella palabra que se da a los objetos para distinguirlos de los otros.
Por lo tanto, cuando hablamos de “nombre propio”, queda evidenciado que este nombre “propio” es inseparable de la persona a la que se nombra; es parte de su esencia… Y pensemos algo más: sin ese nombre propio esa persona no tendría forma de ser nombrada dentro del discurso (discurso entendido de manera diferente a “lenguaje”, ya que el discurso es el lenguaje puesto en la boca de un ser humano, de otros seres humanos). Es decir que sin su nombre, no podría hacerse reconocer y distinguirse de los demás.

Es así entonces que nombrar es hacer entrar a alguien en el orden de las relaciones humanas, de la civilización, de la cultura (cualquiera que sea): sin tener un rasgo que nos diferencie de los otros ¿cómo podríamos hablar desde nosotros mismos? ¿Cómo podríamos tener un diálogo, hacer lazo social, expresar emociones, y principalmente sentir esas emociones sin un sujeto que –en nombre propio- las enuncie? Si sin ser nombrados por nadie entabláramos un diálogo ¿dónde estaría el límite entre quien soy yo y quién es el otro? ¿Para qué hablaríamos si no hay nadie que enuncie ese dicho?

He aquí la diferencia que en lingüística se hace entre el enunciado y la enunciación… un enunciado es lo que se dice, mientras que la enunciación añade necesariamente a un sujeto que lo dice, y a pesar de que el enunciado pudiera ser el mismo, será la enunciación la que haga la diferencia cada vez. La sabiduría popular lo resumiría en la frase “toma las cosas como de quien vienen”… dando un ejemplo burdo.

Entonces, el nombramiento ayuda al ser humano a irse reconociendo como un ser… y ser un ser significa ser un ser-separado-de sus padres. El nombre es la segunda piel que envuelve al niño y le sirve de límite entre su cuerpo y el cuerpo del otro, siendo a su vez lo que le generará la necesidad de ser un sujeto de la enunciación, es decir, no solamente un sujeto que pronuncia fonemas y arma dichos sintáctica y semánticamente correctos, sino un sujeto que tiene, como el tesoro más preciado, palabras propias que puede poner en su boca y le permite acceder al otro y al mundo. Hablar en nombre propio… muy diferente a lo que son las palabras vacías.

¿Pero es tan simple llegar a ser un sujeto y ser, por lo tanto, un sujeto de la enunciación? No.

Hay una meta más grande y más simbólica. El primer paso es separarse del nombre propio elegido por ese Otro omnipotente y todopoderoso que hasta nos dio un nombre (padres), y poder hacerse de un nombre, en el sentido de apropiarse de ese nombre para que se convierta en parte de mí y “me haga”, “me construya”, me haga ser alguien. Implica poder separarse de los padres aunque sabiendo incluir “lo dado” por ellos.

Esto, a su vez, implica portar algo para siempre. Es una de las formas en que la muerte del cuerpo nos permite evitar la desaparición u olvido. Es haber sido reconocidos en primer término y así, una vez habiéndonos apropiado del mismo, nos asegura continuidad y trascendencia, oficiando de velo frente a lo excesivamente real e insoportable de la mortalidad.

Tener un nombre, por lo tanto, es el primer paso en el recorrido por el Complejo de Edipo, del que se sale –en el mejor de los casos- cuando se inscribe eso que los analistas llamamos significante del NDP, pero que vulgarmente podríamos llamar “registro de separación”, o “registro del yo y el no-yo”, que a su vez permite mirar por primera vez al otro y tomarlo como un par, también mortal (cuidadores o padres). Me refiero a que –de no ser por la existencia de una función paterna- no habría posibilidades de efectivizar la separación del primer Otro (madre) y tampoco de que el nombre implique algo más que la pronunciación de algunas letras.

En la psicosis algo ocurre que impide al individuo posicionarse como sujeto, es decir, algo ocurre que –entre otras cosas- incluye una dificultad en cuanto al apropiarse del nombre propio. Pero… ¿Qué es lo que ocurre?

El sujeto es llamado a un lugar que nunca llega a ser suyo, es llamado a responder a un nombre que no siente que le pertenece, es convocado a ocupar una posición que no es propia sino repleta de demandas de otro, tornándose esa posición ajena e insoportable.
No puede apropiarse del nombre alguien que no distingue lo propio de lo ajeno, alguien que no puede separarse de una madre por no haber habido una función paterna que haga de corte y separe esos cuerpos, unificándolos individualmente al mismo tiempo.

Lacan dice “lo que es forcluido en lo simbólico retorna desde lo real”. Frase que todo estudiante detesta, que pocos comprenden y que muchos ignoran. Se refiere a que aquello que no se interioriza, que aquellas palabras que se portan pero no se sienten como propias, generan el fenómeno de aparecer “por fuera de mí”.

Esto es lo que vemos cuando estamos frente a un brote psicótico: de pronto estallan voces, de pronto estallan alucinaciones, de pronto hay un instante en el que la persona no sabe quién es ni qué es eso que le habla de sí mismo, que le pide que se mate, que lo insulta… Y esas voces no son otra cosa que retornos en lo real de la percepción de los sentidos (real como lo que se siente de manera directa, sin ser nada nombrable), de todo lo que vino de otro y no pudimos apropiárnoslo para domeñarlo.

No hubo apropiación sino identificación de una persona a otra (hijo-madre) y llega un punto en el que se pierde el dominio del propio yo colocando el yo ajeno en su lugar: desdoblamiento del yo (brote), partición del yo (instalación de la esquizofrenia) y sustitución del yo (pérdida de identidad total).

Es entonces cuando el camino hacia la curación es, en definitiva, apropiarse de un nombre…
Ya no hablamos del nombre de pila, de ese nombre propio que aprendemos en primer grado para diferenciarlo de los nombres comunes… hablamos de un nombre de otra índole…

Lacan dice “cuando el Nombre del Padre no opera en la estructura, o cuando está inscripto deficitariamente, aparece el cuarto anillo de la nominación”.

Esto significa introducir la idea de nombrar pero a modo de creación, ligándose con el arte, con la sublimación.

Aparece entonces el nombre como solución y suplencia ante la carencia de la función paterna. Podremos decir entonces, que “a pesar de la enorme carencia, a pesar de su historia difícil o imposible de contar, a pesar de las trastabilladas vueltas en torno al atravesamiento del Complejo de Edipo, pudo hacerse un nombre, un “sinthome”… en el que se logra escriturar nada más ni nada menos que “esas letras” de una nueva manera que finalmente, es propia.

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