Por Florencia Pietrantouono | Argentina

Desde que surgieron las redes sociales, se hicieron cada vez más corrientes en la vida de cualquier persona. Facebook, Twitter, Instagram, Youtube … son algunos de los portales en los cuales pasamos más tiempo.

De hecho, se volvió tan habitual, que quizás ni siquiera notamos el poder económico y político que pueden llegar a tener. La historia de “Malala” es un ejemplo de este posible poderío.

A los once años,  Malala Yousafzai, empezó a escribir un blog en la página de la BBC. En el, relata que donde ella vive, el Valle de Swat, es gobernado por un grupo de talibanes represores, que entre otras medidas, decide prohibir que las chicas vayan a la escuela. Bajo el seudónimo de “Gul Makai”, la niña expresa su deseo de seguir asistiendo a clases y el miedo que reina entre los vecinos del Valle.

Poco a poco, la autora de la plataforma on-line fue ganando un gran reconocimiento entre sus vecinos e incluso obtuvo el “Premio Paquistaní por la Paz”.  Pero los talibanes  la acusaron de ser un instrumento de la “propaganda occidental”, y por eso le disparan un tiro cuando viajaba en un colectivo, junto a sus amigas.

En una semana, la pequeña fue trasladada a un Hospital de Birmingham, en Inglaterra, y no tardo mucho más en recuperarse y hablar públicamente de su situación.

El caso comenzó a tener repercusión en todo el mundo. Malala no sólo fue recibida por políticos como la Reina Isabel II, Barack Obama y Hillary Clinton, sino que además ganó premios internacionales como  Simone de Beauvoir, Fundación Clinton y el Sájarov.

Actualmente, la pequeña  estudia en una escuela en Inglaterra y sueña con regresar a su país de origen. Mientras tanto, sigue defendiendo los derechos de las mujeres a recibir educación, con una convicción: “La pluma es más fuerte que la espada”.

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