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Por Flavio Crescenzi | Argentina

Suelo escuchar de boca de algunos colegas este terrible veredicto: «la gente ya no lee».

Desde luego, me parece ésta una sentencia un tanto exagerada o, por lo menos, imprecisa. Es evidente que en una sociedad hipercodificada como la nuestra nos vemos forzados a ser lectores de tiempo completo. Leemos en todo momento: leemos la publicidad de la vía pública, las noticias de los diarios, los artículos de las revistas, los videographs de la televisión, los contenidos de las páginas de Internet, los mensajes de celular, etc. El problema radica en que este tipo de lectura es muchas veces poco profunda, apenas funcional y mecánica. Si estamos de acuerdo con esto, la sentencia en cuestión debería decir más específicamente: «La gente ya no lee en profundidad».

Es probable que para entender lo que es «leer en profundidad» haya que remitirse al concepto de «libro», soporte histórico que aviesamente no incluimos en la enumeración de más arriba. Y no lo hicimos porque el libro encierra en sí mismo una compleja problemática: la desproporción existente entre su superproducción y el número concreto de «lectores profundos», es decir, «lectores competentes».

Las estadísticas indican que hoy en día se publican muchos más libros que hace medio siglo. Sospecho que por esto mismo es que en los últimos años se han abierto tantas librerías. Sin embargo, es curioso ver cómo gran parte de las vidrieras de estas librerías exhiben tan sólo manuales para reparar autos, libros de computación, libros de cocina, guías de turismo, libros de autoayuda, cómics y otros textos no precisamente «cultos». Sucede que el libro, despojado de su valor cultural, se ha transformado en una mercancía más y, por consiguiente, en un producto descartable o fungible. Esto quizás se deba a que la gran industria editorial ha asumido como propios los modos y costumbres utilitaristas de la sociedad en la que vivimos, una sociedad sin dudas concebida para que circulen más las mercancías que las ideas, más las recetas publicitarias que los programas culturales.

No obstante —y he aquí lo paradójico—, las ediciones ligadas al pensamiento, la reflexión y la crítica, ediciones que de una forma u otra exigen la presencia de «lectores profundos», tienen un lugar ganado en el universo de las publicaciones. Los lectores de este tipo de libros pertenecen a un sector minoritario de la población que no está sometido a la influencia del mercado y que sigue considerando al libro como un poderoso instrumento de democratización de la Cultura. Curiosamente, este lector —digno hijo de su tiempo— sabe que, gracias a la velocidad de los medios digitales, puede también acceder a textos online sin que esta práctica obre en detrimento del libro ya entendido como símbolo.

En suma, la gente sí lee, sólo que —salvo excepciones como la que destacamos en el párrafo anterior— ya no hace de la lectura un acto afirmativo y emancipador, un acto que quiera profundizar en aspectos culturales y artísticos. Hoy en día la mayoría de la gente sólo lee para obtener una utilidad; y una vez conseguida, simplemente arroja el libro a la basura.

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