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Hoy, en la cotidianidad de mi rutina, me topé con un hecho curioso, algo que me hace confirmar lo que el mundo afirma. ¿El mundo? Sí, el mundo, o sea todos, porque la “diosa” globalización nos sugiere que lo que piensa mi vecino también lo piensa un vietnamita con agua hasta los tobillos que cosecha arroz al otro lado del globo. Lo cierto es que hoy al desayunar me corté el dedo con el abultado envoltorio de lo que parecía un prometedor alfajor.  Si, insólito, me lesiono mi pobre dedito con una burda bandejita de plástico que, además de herirme físicamente, había ya lastimado mis sentimientos de gordo al hacerme creer que el alfajor era más grande.

Fue por entonces que entendí lo que todos dicen. Eso que se repite hasta el hartazgo en los círculos académicos, eso que ya anticipó Carlitos Marx hace 150 años. La culpa de todo, absolutamente todo, es del capitalismo. Sí, hasta de mi dedo cortado.

Es propio de la naturaleza humana desligar responsabilidades. No nos es natural asumirnos culpables de algo, mentores y/o ejecutores de fechorías insólitas. Se esquiva el bulto, sin más, y erigimos sin mayores remordimientos a otro como responsable. Hasta aquí, lo cotidiano, lo habitual, lo típico. ¿Pero qué pasa cuando se tocan las responsabilidades colectivas? La estrategia por excelencia de culpar a un tercero se ve ultrajada ya que en el concepto de colectivo entramos todos. Nos quedamos, de repente, sin aquel “otro”.

 

Nuestra rutina y la pelea diaria con el orden social que muy en el fondo festejamos.

Es en ese preciso momento en que se abre un halo de luz en nuestras conciencias. Una evocación divina nos señala la salvación, la liberación de nuestras culpas y remordimientos. Una enorme balsa navegante de rio contaminado donde depositar todos nuestros desechos colectivos y alejarlos de la orilla. Helo aquí, nuestro gran chivo expiatorio: el capitalismo.

 

Con esto lejos estoy de insinuar que el capitalismo sea un santo digno de defensa o devoción. Pero, ¿tiene la culpa de todo? ¿Es principio y fin de todos los males, o solo marco previo y telón de fondo? La constante construcción de un enemigo común externo y ajeno a nosotros no hace más que perpetuar el sistema y sus contrariedades. Somos consientes de lo malo y funesto de nuestra realidad pero, no solo nos autoconvencemos de no poder cambiarlo, sino que en cierto modo la festejamos.

El capitalismo y su promesa de libertades aparejan, quiérase o no, la desigualdad.  Querer una cosa sin lo otro es un absurdo del que somos testigos y cómplices.

Odiamos el capitalismo, lo aborrecemos y refunfuñamos a diario contra su sometimiento. Sin embargo, ni usted ni yo estamos dispuestos a resignar la posibilidad de progreso individual que nos propone. Por más que esa posibilidad no deje de ser más que una mera promesa, con la ilusión que genera, aunque cueste reconocerlo, nos basta.

Es la ilusión de progreso lo que mueve nuestras vidas. Perseguimos a lo largo de nuestra existencia cosas que nunca vamos a alcanzar, y que aunque así lo hiciésemos tampoco nos harían felices. Lo sustancial es la ilusión, tener un norte hacia donde apuntar nuestra proa. Es ese el sentido de nuestras vidas, hasta inclusive la de aquel lejano cosechero vietnamita. Y la culpa, como no podía ser de otra manera, es del capitalismo.

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