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Por Flavio Crescenzi | Argentina

No cabe duda de que James Joyce y Marcel Proust fueron dos de los tres escritores más influyentes del siglo XX (el tercero, por supuesto, fue Kafka). Lo que resulta difícil de aceptar es que el único encuentro del que se tiene noticia entre el autor del Ulises y el de En busca del tiempo perdido no haya tenido nada de extraordinario.

La mítica reunión tuvo lugar en mayo de 1922, en una fiesta que dieron Igor Stravinsky y Sergei Diaghilev en el Majestic. Ben Jackson, en el London Review of Books, refería de este modo el episodio:

Joyce llegó borracho y mal vestido; Proust, envuelto en pieles, le abrió la puerta. Luego, los dos hombres se sentaron uno al lado del otro. Los demás invitados esperaban el inicio de algo así como una competencia de chispa e ingenio. Muy por el contrario, los novelistas hablaron sobre el clima y los deportes. Era como una pequeña charla de ancianos reunidos en la sala de espera de un médico, o como la de dos personajes de Beckett que se hostigan mutuamente con sus insignificantes comentarios.

El novelista Ford Madox Ford confirmó la anécdota, pero Sydney Schiff (otro de los literatos que asistieron al convite) prefirió negarla. Richard Ellmann, uno de los más respetados biógrafos de Joyce, no parece inclinarse por ninguna de estas dos versiones y nos facilita la del propio Joyce. El autor de Retrato de un artista adolescente recuerda que la única palabra que él y Proust intercambiaron fue la palabra no. Así nos lo relata: «Proust me preguntó si yo conocía a un duque de cuyo nombre no puedo acordarme y le dije que no. Asimismo, en un momento alguien le preguntó a Proust si había leído el Ulises, y su respuesta fue también negativa. La situación era imposible».

Lo cierto es que ambos escritores se retiraron juntos de la fiesta, aunque no de manera voluntaria. Violeta, la esposa del ya mencionado Sydney Schiff, recordó que Joyce se «coló» en el taxi que habían abordado ella y su marido (y en el que también viajaba Marcel Proust) y abrió enseguida la ventana, quizá, para tomar aire y calmar así su borrachera. La mujer, conociendo el temor que el novelista francés le tenía a las correntadas, la cerró de inmediato. Cuando el taxi llegó por fin a la residencia de Proust, parece que éste huyó despavorido.

Pese a las muchas versiones, todos los testigos parecen coincidir en un punto: el encuentro fue un verdadero fracaso. Es tentador, sin embargo, pensar que las cosas hubieran podido ser diferentes si la propensión de Joyce a la bebida no hubiese sido tan escandalosa y si la mala salud de Proust no hubiese sido tan determinante. Algún tiempo después del lamentable encuentro, el diario The New Inquiry citó un «llamativo» comentario que Joyce le hiciera a Samuel Beckett respecto de Proust; el comentario —que, por cierto, supera cualquier versión que pudiéramos tener del incidente— decía lo siguiente: «Si nos hubieran permitido conocer y tener una charla en alguna parte…».

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