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Por Lionel Fabio | Argentina

Destruyendo destruirán también, inexorablemente, todo aquello que creyeron defender.

Ernesto Sábato

En el conocimiento y en la formación de su contenido, la mente de un individuo atraviesa diversas etapas de organización que le permite un efectivo uso de la información recopilada en su memoria.

Cada percepción ocupa una posición determinada en la memoria del hombre. De su relación con otra percepción afín, surge una idea. De un conjunto de ideas conectadas, tanto por la razón, como por la emoción, se conforma una ideología.

Esa diferencia de grado es vital en la experiencia de los individuos

A una determinada percepción le corresponde, una particular sensación, producto de ella. Dentro del contenido de una singular idea, una emoción se le vincula intrínsecamente. Y en la conformación de una estructurada ideología, se construyen determinadas pautas de acción.

En la primera instancia, aquella que refiere al campo de la percepción, un individuo puede sentir de una forma diferente a lo que otro individuo siente, presenciando la más inmediata característica de su individualidad. En la segunda instancia, profundizando la esencia de dicha individualidad, dentro del campo de las ideas, un individuo puede pensar diferente que su prójimo, dando por sentado la existencia de varios puntos de vista dentro de una experiencia común. En la tercera y última instancia mencionada, en el reflejo de una ideología conformada, un individuo puede, a la luz de la estructura ideológica a la que se afilia, ser alguien diferente, transformando al otro individuo en un extraño, ajeno a su identidad, posicionándolo por fuera de los límites de su voluntad de entendimiento.

La existencia de una ideología, determina y configura las memorias para darles una determinada forma que responda a una organización mayor, como núcleo de esa ideología; propone ciertos límites a la percepción espontánea y define la experiencia del individuo. Sin percibirlo conscientemente, se vuelve, él mismo, ese conjunto de ideas.

Considerando que, a cierta ideología le corresponde una determinada acción, el individuo llevará a la práctica aquella ideología que lo distingue del extraño, argumentando su diferencia en base a  ese contenido ideológico al que pertenece. Cargará su moralidad subscrita en cada cosa que haga, y, traicionarla, será percibido por él, como una traición a sí mismo.

Con la difusión de dichas creencias organizadas, la influencia que presentan crece

La posibilidad de otorgarle a un hombre un sentimiento de pertenencia que quiebre su soledad y le proporcione una identidad que reemplace el vacío existencial intrínseco en el ser humano, se vuelven las causas más eficientes para la filiación a una determinada ideología. La elección de cierta doctrina responde, generalmente, a una necesidad de transferencia. Se eligen aquellas estructuras que permitan asimilar aspectos negados en su individualidad. Ideologías que pregonan la fortaleza, la imposición, la seguridad en la violencia, atraen de forma más efectiva a individuos que se sienten débiles, temerosos, deseando superar ese estado. Aquellos individuos que se sienten amenazados, serán fácilmente tentados por ideologías violentas y radicales.

(El sentimiento de debilidad experimentado por el pueblo alemán tras haber perdido la primera guerra mundial, siendo sometido por el tratado de Versalles y las hostilidades de las potencias vencedoras, presento cierto grado de aceptación a aquellas ideas propuestas por el nazismo, que tal vez en otras circunstancias hubieran encontrado otro tipo de oposición).

A la luz de una doctrina, dos hombres se vuelven extraños entre sí

Las creencias e ideas que poseen han tomado por asalto su humanidad para definirla como antagónica o semejante. En consecuencia, nace la posibilidad de encontrar en el otro a un enemigo. Si se pone en peligro aquella ideología que nos define, estaremos dispuestos a pelear por ello. Lastimosamente, donde halla sangre, abra una ideología que la justifique. (La revolución francesa; los nacionalismos y la segunda guerra mundial; las guerras religiosas de todos los tiempos; la guerra fría; medio oriente y los atentados vigentes hoy día).

Reemplazar sentimientos negados por ideologías propone a los individuos pautas temporales para superarlos. Tan solo de forma arbitraria y temporal se consigue reorientar a los objetos de aquellos sentimientos negativos, por otros, compartidos socialmente. Sin embargo, la raíz de estos sentimientos no se encuentra en aquellos enemigos propuestos ideológicamente, sino en la propia individualidad, siendo en la experiencia propia donde se halla la posibilidad real de superarlos.

Las ideologías entretienen a los individuos, postergando sus conflictos internos y redireccionando los motivos reales de su sufrimiento.  Se vuelven autodestructivas porque transforman a los hombres en ideas, siendo estas construcciones parciales, destinadas a transformarse y evolucionar. Esos hombres cooptados ideológicamente se oponen al cambio, se aferran a su identidad, alienada por sus creencias, y están dispuestos a luchar para imponerse.

Ciertamente, parece que las ideologías se alimentaran de los hombres, y no contrariamente. Es evidente que el ser humano nunca estuvo lo suficientemente preparado para convivir con ellas. Tarde o temprano, lo encontró sacrificando su propia existencia.

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